No es una guerra

“¿Se puede estar en guerra contra un virus? Y sobre todo, ¿es el lenguaje belicista una buena estrategia para atajar una pandemia?”

“El miedo nos hace aceptar que hay fines que justifican cualquier medio, sea cual sea, implique o no violaciones de derechos humanos”

“Frente al odio y al miedo que alimentan las guerras, esta crisis requiere extremar los cuidados, la conciencia de los otros y la solidaridad”

Leila Nachawati https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/03/22/no-es-una-guerra-leila-nachawati/

Cada día, a las 20.00, miles de personas salen a aplaudir en sus balcones. / Efe

“Esto es una guerra”. “Estamos en guerra contra esta enfermedad”. “En la guerra al virus, jamás nos doblegaremos”. En el contexto actual de pandemia, representantes políticos de distintos países han recurrido al marco de la guerra para representar la urgencia de la situación que vivimos. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en España, Emmanuel Macron en Francia, Boris Johnson en Inglaterra, Donald Trump en Estados Unidos…  Se suceden, en el marco de los estados, anuncios de medidas en clave de “tiempos de guerra”, sin que parezca cuestionarse si este marco es el más adecuado para afrontar una crisis que afecta, aunque con distintas repercusiones, a la humanidad en su conjunto.

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El dilema global de Pascal

El precio dolorido que ya estamos pagando nunca será el mismo que la factura que nos querrán endosar

DAVID FERNÀNDEZ   DAVID FERNÀNDEZ Periodista y activista social      https://www.ara.cat/es/opinion/dilema-global-Pascal-David-Fernandez_0_2420758072.html

El mercado de la Boquería durante la primera semana de confinamiento por la pandemia del Covid-19. / DANI RÍOS

«Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación»     Blaise Pascal

Han vuelto los delfines en Cerdeña. El agua de Venecia, como el aire, se limpia. El turistificado mercado barcelonés de la Boqueria se convierte, de nuevo, en un mercado de barrio. Abren hoteles en Paris para acoger vagabundos. Y han cerrado el CIE de la Zona Franca. Y se han parado los desahucios. Y ya no es primavera en El Corte Inglés. Lo privado lucrativo se ha puesto –por decreto– al servicio de lo público universal. La lista repentina es larguísima, bajo esta inédita excepción hecha catarsis. Pero a pesar de todo, la principal paradoja insólita, tras décadas mercantiles de neoliberalismo, es que se prioriza la salud frente a la economía. En cambio, el condicionante determinante de nuestros días es precisamente lo inverso: que todo se hace tras un ciclo caracterizado severamente por todo lo contrario. Cuando la economía se imponía a la salud –y a la política y al derecho a la vivienda y a la cultura y a todo y al mundo entero. Ayer dogma; hoy, drama.

Hay la otra cara de la moneda, claro está, porque siempre existe la otra cara de la luna: multas por no confinarse a personas sin hogar, buitres especuladores olfateando ya la deuda pública, coches huyendo a la segunda residencia valenciana o pirenaica, fakes xenófobos, mediocridades ruines, tentaciones militaristas o gestión autoritaria del 5G que nos desvelan del control social reticular. Que no sea un spoiler. En parte, no hay que ir muy lejos par ver de cerca: las lecciones de la penúltima crisis, la de 2008, dejó demasiadas vergüenzas, demasiado dolores y demasiado aprendizajes, errores y horrores que no cabría repetir, a pesar de que algunos se empeñen. Y sin embargo, todo es ya diferente: novedad, improvisación, contingencia e impotencia se mezclan hoy extrañamente. Pero nunca será lo mismo el precio dolorido que ya estamos pagando, que la factura que nos querrán endosar. Si el origen –aunque no sólo– es vírico, la solución sólo puede ser social. Leer Más

Estamos en guerra, pero yo no soy su soldado

Desde la declaración del estado de alarma no dejan de suceder acontecimientos que animan a la reflexión, empezando por la utilización del miedo como método de amordazamiento hasta el análisis de nuestro propio comportamiento personal y colectivo. Pero hay algo que llama poderosamente la atención: las ruedas de prensa que, diariamente, ofrece el llamado Equipo técnico del comité de gestión de la crisis del Gobierno.

Endika Zulueta   21 mar 2020   https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/estamos-guerra-pero-yo-no-soy-soldado-covid-19-insumision

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Rueda de prensa posterior a la reunión del Comité de Gestión Técnica del Coronavirus. Foto: Moncloa/Borja Puig de la Casa

La puesta en escena es brutal: un médico, Fernando Simón, rodeado —con apariencia de secuestrado— de un general del ejército —al que el médico le da la palabra el primero—, un alto mando de la guardia civil (otro militar), y otro alto mando de la policía nacional, junto a una sola mujer —María José Rayo, a la que le dan la palabra la última para hablar de los transportes—. Tampoco es gratuita. Tras una breve e insulsa —se intuye que muy a su pesar— intervención del médico, llegan los que parecen formar el núcleo duro del equipo. Y así todos los días de esta crisis/guerra.

El pasado viernes 20 de marzo, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, general del aire Miguel Ángel Villarroya, comenzó su intervención —no improvisada, previamente escrita— diciendo crípticamente, mientras tuteaba a los televidentes, que “hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra, o crisis, como queráis llamarlo, todos los días son lunes”. En su discurso declara que estamos en guerra y formamos parte del ejército bélico, “en esta guerra irregular y rara que nos ha tocado luchar, todos somos soldados”, y se muestra positivo con que la sociedad vaya acogiendo valores que entiende que son patrimonio del mundo militar. Aplaude la “disciplina” que estamos mostrando, “todos comportándose como soldados en este difícil momento”, afirma que “el espíritu de servicio no es exclusivo de los militares”, animando a que les copiemos, y “que todos nos comportemos como soldados”.

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Soberanía en tiempos de biopolítica: estado de alarma y derechos fundamentales

Jorge León Casero  Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza  16 mar 2020  https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/soberania-en-tiempos-de-biopolitica-estado-de-alarma-y-derechos-fundamentales

La declaración de un estado de alarma ante una crisis sanitaria no es una decisión que responda únicamente a razones puramente científicas. Es un modelo de gestión de la población propio de un régimen disciplinar orientado al control de la conducta de los individuos.

“Los filisteos atacados por la peste en Azoth” (Nicolas Poussin) Wikimedia Commons                     Según el Instituto Nacional de Estadística, la última campaña de gripe en España causó 525.300 casos y 6.300 muertes. A escala mundial, las epidemias por gripe pueden llegar a causar hasta 5 millones de casos de enfermedades graves y unas 650.000 muertes por año. Por su parte, de los 80.000 casos de coronavirus detectados en China desde el comienzo de la crisis, más de 60.000 están curados, la mayor parte de los mismos sin un tratamiento mayor que el aplicado en un simple catarro. Por supuesto, no estamos diciendo que no se deban tomar precauciones y modificar en cierta medida aquellos comportamientos que puedan poner en riesgo a las partes más vulnerables de la población. Simplemente creemos que deberíamos preguntarnos por qué se declara el estado de alarma en el caso del coronavirus y no en el de la gripe. ¿Somos realmente conscientes de lo que supone anular algunos de nuestros derechos más fundamentales, como es el derecho de reunión pacífica recogido en el art. 21 de la Constitución Española o el derecho a circular libremente por el territorio nacional del art. 19? Y lo que es más preocupante aún, ¿somos realmente conscientes de la facilidad con la que renunciamos a nuestros derechos y otorgamos potestades soberanas al poder ejecutivo cada vez que se produce una situación de alarmismo social? Leer Más

Silogismos beneméritos. Al general Pedro Garrido – Viento Sur

Silogismos beneméritos. Al general Pedro Garrido – Viento Sur
— Leer en vientosur.info/spip.php

Muerte y funeral de Piotr Kropotkin 

La noche del 21 de diciembre de 1919, junto con otros 248 prisioneros políticos, Emma Goldman fue deportada de EEUU. Su destino fue la Rusia bolchevique, país que recorrió durante dos años. Su experiencia, ilusionada al principio, desengañada después, la contó en Mi desilusión en Rusia, un texto que ahora se ha traducido en su integridad por primera vez al castellano. Llegará a las librerías este febrero, editado por El Viejo Topo.

Cuando llegué a Moscú en enero de 1921, me enteré de que Piotr Kropotkin estaba aquejado de neumonía. Inmediatamente, me ofrecí a cuidar de él, pero como ya le estaba asistiendo una enfermera y la dacha de Kropotkin era demasiado pequeña como para dar cobijo a visitas extraordinarias, decidimos que Sasha Kropotkin, quien por entonces se hallaba en Moscú, iría a Dmítrov para comprobar si mi presencia allí era realmente necesaria. Mi idea inicial era viajar a Petrogrado al día siguiente. Estuve esperando la llamada desde el pueblo hasta el mismo momento de mi partida. Al no llegar, supuse que Kropotkin se estaría recuperando. Dos días después, ya en Petrogrado, Rávich me informó de que Kropotkin había empeorado y que me estaban reclamando para que me personara enseguida en Moscú. Me puse en camino de inmediato, pero por desgracia mi tren se retrasó diez horas, así que llegué a Moscú demasiado tarde para hacer la conexión con destino a Dmítrov. No había por entonces trenes matutinos que llevaran al pueblo, así que hasta la tarde del 7 de febrero no pude finalmente ocupar el asiento de un tren rumbo a mi destino. Luego, la locomotora se fue a por combustible y no regresó hasta la una de la madrugada del día siguiente. Cuando por fin llegué a la dacha de Kropotkin, el 8 de febrero, conocí la terrible noticia de que Piotr había fallecido hacía más o menos una hora. Había requerido mi presencia en repetidas ocasiones, pero yo no había estado allí para prestar un último servicio a mi querido maestro y camarada, uno de los espíritus más grandes y nobles del mundo. No se me concedió el don de pasar junto a él sus últimas horas. Ahora al menos, permanecería allí hasta que le condujeran al lugar de su último reposo.

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