Como si hubiera un mañana: ensayos para una transición ecosocialista

08/05/2020 | Andreas Malm, Manuel Garí Ramos y Juanjo Álvarez

En este 2020 que se presenta tan complejo, desde Sylone y Viento Sur hemos querido lanzar una nueva colección dedicada exclusivamente al ecosocialismo. Es una línea que no nace de cero, sino que se apoya en trabajos previos, tanto en forma de artículos como de foros de discusión y que tiene sin duda su antecedente de mayor peso en la publicación de El imposible capitalismo verde, uno de los mejores análisis que se han elaborado sobre los intentos de reforma en clave ambiental.

El ecologismo está en un momento de auge, pero también de mutación, tanto en lo organizativo como en lo discursivo y propositivo. Por eso, queremos contribuir a editar y difundir en un sentido amplio que permita alimentar esos procesos de auge social y cambio político en una coyuntura de enorme importancia, no sólo para el propio movimiento y para las fuerzas políticas, sino para el conjunto de la sociedad. Así, la colección nace con voluntad de trabajar de modo plural, editando textos de diversas autores y sin excluir las líneas de ninguna corriente.

Los dos primeros títulos de la colección han sido elegidos con esa intención: el texto más reciente de Tanuro (que se ha publicado en castellano incluso antes que en la edición en francés) y un volumen colectivo para el que hemos contado con trabajos de múltiples autoras y autores. El primer texto vio interrumpido su recorrido, al salir de imprenta pocos días antes de que se declarase el estado de alarma, pero volverá con fuerza en próximas semanas. El segundo, titulado Como si hubiera un mañana: ensayos para una transición ecosocialista, que se encuentra en fase final del proceso de edición, es el que presentamos aquí, y del que os queremos ofrecer este adelanto.

Coordinado por Manuel Garí Ramos y Juanjo Álvarez, el libro ha pretendido unir trabajos desde distintos puntos de vista y aunar autoras diversas, tanto por su acercamiento al ecologismo como por su orientación: activistas ecologistas de diversas organizaciones, teóricos y académicos de peso o militantes de organizaciones políticas conviven en estas páginas en las que se tocan diversas áreas del momento actual del ecologismo y de la crisis ecológica. Pero tal vez la mayor novedad sea la unión de personas con una larga experiencia y visibilidad con otras que están empezando su actividad o que llevan años en una discreta segunda fila. En esa línea, un objetivo de la obra es contribuir a la renovación de los referentes que elaboran la discusión política y social en esta área. Así, en un mismo volumen se encuentran textos de referentes ineludibles como Jorge Riechmann, Yayo Herrero o Manuel Garí – coordinador de la obra – con trabajos de militantes jóvenes como Joana Bregolat o Irene Landa, vinculadas al movimiento juvenil por el clima, o Jaime Vindel, investigador que se está consagrando como uno de los referentes teóricos del ecosocialismo.

Mientras la crisis del coronavirus retiene la edición, os queremos dejar aquí una primera muestra de lo que contiene el volumen. Se trata del texto de Andreas Malm, profesor de la Universidad de Lund y militante político y social. Es una de las contribuciones más largas y complejas del volumen, también una de las que mayor debate puede generar. Esperamos que lo disfrutéis y sigáis atentas a la publicación definitiva.

Una estrategia revolucionaria para un planeta en llamas

Andreas Malm

No hace falta mucha imaginación para asociar el cambio climático con una revolución. Si el orden planetario sobre el que todas las sociedades han surgido se viene abajo, ¿cómo pueden estas mantenerse estables? Desde hace bastante tiempo, se han extrapolado varios escenarios de agitaciones políticas más o menos espantosas con el aumento de las temperaturas como base. En su novela El mundo sumergido de 1962, hoy considerada la primera gran obra profética en el género de la ficción climática, J. G. Ballard imaginó glaciares derritiéndose, una capital inglesa sumergida bajo marismas tropicales y poblaciones huyendo del calor insoportable en dirección a los últimos reductos polares. El directorio de la ONU, en aras de gestionar estos flujos migratorios, asumía que, “dentro de los nuevos parámetros descritos por los Ciclos Polares Ártico y Antártico, la vida continuaría como antes, con las mismas relaciones domésticas y sociales, y mayormente con las mismas ambiciones y satisfacciones. Pero esa suposición era obviamente una falacia”. [1]. Un mundo sumergido no se parecería en nada al que conocíamos anteriormente.

En los últimos años, la cúpula militar estadounidense ha dominado este subgénero de proyecciones climáticas. Como aprendiera el Senado con la edición de la Evaluación mundial de amenazas de 2013, redactada por sus servicios de inteligencia, los eventos meteorológicos extremos ejercerán una gran presión sobre el mercado de alimentos, “inspirando disturbios, desobediencia civil y vandalismo”. [2] Si las fuerzas armadas son bomberos/as con la labor de suprimir cualquier brote de rebelión, su carga de trabajo solo aumentará en un planeta en llamas. Ejerciendo su deber con consistencia y sincero interés, y en un contraste absoluto con el negacionismo de la derecha americana, el Pentágono entregó al Congreso un informe en julio de 2015 detallando cómo todos los comandos de combate están estudiando e incorporando las proyecciones sobre cambio climático en sus planes. El ‘multiplicador de amenazas’ ya se hace notar, socavando los gobiernos más frágiles, volviendo a las poblaciones contra sus soberanos cuando estos no puedan satisfacer sus necesidades. Y lo peor aún está por llegar [3]. Es más, llegará a los litorales con mayor densidad poblacional. En Out of the Mountains: The Coming Age of the Urban Guerilla, de David Kilcullen, quizás el más astuto intelectual de la rama militar del Imperio, se predice un futuro cercano de megaciudades del Sur Global desbordadas por las masas inquietas, en especial en las zonas litorales bajas. El cambio climático no solo las amenazará con un acceso reducido al agua y la comida, también, literalmente, con ahogarlas en el mar. ¿Cómo no van a tomar las armas que encuentren a mano y empezar a movilizarse? Tomando lecciones de la Segunda Intifada, las yihads en Asia Central, la Primavera Árabe y el movimiento Occupy, Kilcullen vislumbra un siglo de contrainsurgencias constantes en barrios empobrecidos precipitándose hacia el mar. [4]

Hasta ahora, los enemigos de la revolución han dominado esta fiebre especuladora. Poco han aportado las personas del otro lado: las partisanas y los partisanos con la convicción de que el orden actual debe ser derrocado o el resultado será peor. Pero si el entorno estratégico de la contrainsurgencia está cambiando, también lo está haciendo, por definición, el de los/as revolucionarios/as, que tienen una razón bien justificada para analizar el porvenir. Pese a ello, el desequilibrio en la preparación es obvio. Quienes juran lealtad a la tradición revolucionaria —en cuya mente colectiva la experiencia de 1917 sigue probablemente emitiendo una sombra muy larga— deberían atreverse a usar su imaginación de modo tan productivo como un miembro de los servicios de inteligencia o un/a autor/a de ficción. Propongo comenzar con una distinción entre cuatro configuraciones posibles de la relación entre revolución y calentamiento global.

Revolución como síntoma

¿Cómo pueden las temperaturas en aumento traducirse en turbulencias sociales? En una serie de artículos que conmovieron a la comunidad investigadora, Solomon M. Hsiang y sus colaboradores/as se hicieron con aproximadamente 50 bases de datos sobre los últimos 10.000 años de historia mundial, introdujeron todos los números en sus modelos informáticos y concluyeron que existía una vinculación directa entre las temperaturas altas y varios tipos de confrontación. En todas las escalas y las culturas, una calidez anómala genera más bocinazos, brutalidad policial, lanzadores/as de béisbol golpeando a los/as bateadores/as, disturbios en zonas urbanas y, al final de este espectro de actuación, ‘el derrocamiento forzoso de los/as gobernantes’. Por alguna razón, el calor excepcional incita un comportamiento individual más contencioso, y el efecto es tres veces mayor para los ‘conflictos intergrupales’, el momento en que surge el fantasma de la revolución [5]. Hsiang et al., con unas pruebas de causalidad bastante consistentes, concluyeron que, en base a eventos pasados, un siglo XXI con temperaturas más altas traerá todo tipo de enfrentamientos. Podrían haber citado el inicio de Apocalypse 91, de Public Enemy: “el futuro no nos depara nada salvo confrontación”.

Como era de esperar, los críticos se han lanzado contra la engañosa simplicidad de esta tesis. Al dejar de lado todas las otras variables, lo cual es un prerrequisito para aislar el factor climático, Hsiang y compañía inventaron un mecanismo con una única causa y unilineal: mal tiempo = conflicto. [6] Esa crítica podría ser llevada un paso más allá. Si existe una conexión entre el cambio climático y los alborotos necesarios para una verdadera revolución, es imposible que vaya a ser inmediata 2/. Da igual las temperaturas que alcancemos, nadie organizará una huelga o atacará una comisaría solo porque haga calor. Se necesita una atmósfera propicia para acciones así, algún tipo de rabia acumulada en un punto de no retorno. De otra manera, la agresión sería aleatoria, incapaz de inspirar ninguna acción colectiva, salvo por los bocinazos. A la metodología estadística de Hsiang et al., en la que todo lo que no sea clima queda relegado a la categoría de ceteris paribus, deberíamos darle la vuelta. Si se pretende entender el calentamiento global como fuente de discordia, no podemos pensar que actuaría independientemente en relación al resto de factores. [7]

Sin embargo, esta crítica también se remonta a algunos de los críticos de la tesis. Un equipo de investigadores puso todo el énfasis en las variables omitidas por Hsiang et al., argumentando que “es quizás más importante entender ‘la naturaleza del estado’ que ‘el estado de la naturaleza’”. [8] Dado que el clima no opera de manera aislada -esta es la lógica del razonamiento-, no debe ser tan determinante. Pero eso representa el llamado error del espejo. Que las repercusiones violentas del calentamiento global hayan tenido que estar influenciadas por dinámicas sociales preeexistentes, no resta poder a este proceso. Una causa exclusiva y sin mediación no puede ser considerada una regla inviolable para que el cambio climático nos acerque a una revolución futura, ya que eso implica presuponer un planeta vacío y la ausencia de sociedades humanas sobre la tierra. Al haber sociedades —en cuya ausencia, recordemos, nunca hubiésemos utilizado la combustión de fósiles, ni tenido enfrentamientos políticos en las calles— la chispa climática siempre prenderá en las relaciones humanas en su rumbo hacia la explosión. Incluso las sociedades con aumentos de hasta cuatro grados de temperatura también afrontarán problemas de desigualdad. Este estado crítico de la naturaleza está mediado, y de ninguna forma anulado, por la naturaleza del estado. O dicho de otra manera, es cuestión de articulación. Esto es lo que tenemos que entender y sobre lo que tenemos que actuar.

Este debate académico cuenta con un campo de prueba con millones de vidas humanas en juego: Siria. En los años previos a las revueltas de 2011, el país sufrió una sequía bíblica. Un régimen relativamente estable de lluvias procedente del Mediterráneo hacia la cuenca costera entre los meses de noviembre y abril dio paso en la década de los 70 a una tendencia de lluvias inconstantes y persistente desecación, poniendo fin a una climatología existente desde tiempo inmemorial. [9] La zona más afectada fue el Mediterráneo oriental, en particular el área del Creciente Fértil en Siria. 1998 supuso otro giro hacia una sequía semi-permanente, cuya severidad, como indican los anillos de los árboles, no ha conocido equivalente en los últimos 900 años. [10]. No solo han descendido las lluvias en invierno, sino que también las temperaturas más altas han acelerado la evaporación veraniega, agotando las aguas subterráneas, los riachuelos y secando la tierra. [11] No existe una explicación natural para esta tendencia. Solo se entiende si consideramos las emisiones de gases de efecto invernadero.

La sequía siria alcanzó su punto más intenso hasta ahora entre los años 2006 y 2010, cuando el cielo no perdió su color azul durante más tiempo del que nadie puede recordar. El granero de las provincias nororientales colapsó. Se produjo menos de la mitad del trigo y la cebada. En febrero de 2010, casi todo el censo ganadero había sido arrasado. En octubre de ese mismo año, la calamidad llegó a las páginas del New York Times, describiéndose cómo “cientos de aldeas han quedado abandonadas al convertirse las tierras de labranza en desierto y morir los animales de pastoreo. Las tormentas de arena se han vuelto mucho más comunes, y alrededor de los mayores pueblos y ciudades sirias han surgido enormes ciudades-campamento compuestas de campesinos/as desposeídos/as y sus familias”. [12] Las estimaciones varían entre uno y dos millones de agricultores/as y pastores/as desplazados/as. Al abandonar las tierras yermas, acaban en las afueras de Damasco, Alepo, Homs y Hama, uniéndose a las filas de proletarios/as desesperadas por ganarse la vida en la construcción, como taxistas o en cualquier otro trabajo, en su gran mayoría no disponibles para ellos/as. Pero no solo estas personas sentían el calor. Debido a la sequía, los mercados por todo el país mostraban uno de los vectores centrales de la presión climática en el día a día: los precios de los alimentos se duplicaban o triplicaban sin control alguno. [13]

¿Qué es lo que hizo el régimen de Bashar al-Assad cuando su pueblo perdió sus medios de vida? El comienzo de la etapa más dura de esta sequía coincidió casi exactamente con un esfuerzo coordinado por renovar las bases de la clase dirigente siria. Después de años de esclerosis política, Asad, junto con sus principales socios, decidió nutrir a una nueva generación de empresarios, animándoles a apropiarse de sectores enteros de la economía y a que acumularan sin cesar. Al mismo tiempo que se desmoronaba la producción agrícola, el mercado inmobiliario experimentaba un fabuloso boom, se abrían zonas de libre comercio, llegaban inversiones desde el Golfo e Irán y surgían de la noche a la mañana boutiques de productos de lujo y sofisticadas cafeterías en los centros de Damasco y Alepo. También se construyó una fábrica de coches y aún había planes sobre la mesa para la remodelación del centro urbano de Homs, que, sobre el papel, pasaría a convertirse en un nuevo Dubái con campos de golf y torres residenciales. Un individuo, Rami Makhlouf, dueño de la operadora de teléfonos móviles SyriaTel y rey del capitalismo de amiguetes, según algunas informaciones habría llegado a extender sus tentáculos por hasta un 60% de la economía del país. [14] En las zonas rurales, el régimen añadió sal a la herida al aprobar una ley que permitía a los/as propietarios/as expulsar a sus inquilinos/as en este contexto de tormentas de arenas. Se recortaron los subsidios a la gasolina y los alimentos. Se privatizaron las tierras de cultivo de control público, así como el agua para las sensibles plantaciones de algodón y demás. [15] En Burning Country: Syrians in Revolution and War, Robin Yassin-Kassab y Leila al-Shami capturan el escenario tras cuatro años de sequía extrema: “los cortes de agua también alcanzaban las ciudades. En los peores meses del verano solo salía agua de los grifos una vez a la semana en las zonas pobres, mientras que los céspedes de los/as ricos/as seguían igual de verdes y exuberantes”. [16]

Y entonces estalló Siria. Empezó en Dera’a, una ciudad sureña en el corazón agrícola y afectada por la sequía casi en la misma proporción que el noreste. La revolución siria destacó entre las demás de la Primavera Árabe por no surgir en los centros urbanos. [17] Las primeras personas que se atrevieron a marchar, a cantar contra Assad y a romper las ventanas de SyriaTel vivían o en zonas rurales o en los barrios periféricos de las ciudades, donde se había instalado un número importante de inmigrantes. Cuando las protestas dieron paso a la guerra civil en 2012, los/as rebeldes armados/as que marchaban a las ciudades desde los pueblos liberados encontraron su mayor apoyo precisamente en estos barrios, en un patrón geográfico persistente a día de hoy, como se puede apreciar en el este de Guta o en el norte y el este de Alepo. Reflexionando al año de la revolución en Jadaliyya, Suzanne Saleeby resumió los prolongados efectos de la sequía: “En los últimos meses, las ciudades sirias han servido como cruce de caminos para el sufrimiento de los/as migrantes rurales desplazados/as y el de los/as residentes urbanos/as empobrecidos/as, ocasionando su cuestionamiento común de la propia naturaleza y distribución del poder”. [18] Combinado con otras chispas preexistentes en el territorio, el cambio climático parece que ha hecho prender la mecha.

Para ciertos/as activistas e intelectuales, este argumento resulta odioso por alguna razón. Por ejemplo, Francesca De Châtel ha negado que el clima haya podido jugar ningún papel en la crisis siria. Para defender esta posición, tiene que dejar de lado todas las evidencias de que la sequía pre-revolucionaria no solo no tenía antecedentes sino que era antropogénica. Ella argumenta que, en realidad, se trata solo de un escenario habitual en un país acostumbrado a un clima seco, sin ninguna relación constatable con las temperaturas cada vez más altas. [19] El calentamiento global no supondría ninguna amenaza seria para los recursos hídricos de Siria – toda escasez se debe en exclusiva al régimen. Culpar a la quema de combustibles fósiles equivale a hacer propaganda pro-Assad. El “papel del cambio climático en esta cadena de eventos no solo es irrelevante; también es una distracción inútil”, y realizaría una aportación a los esfuerzos del régimen por “culpar a factores externos de sus propios errores”. [20] Queda pendiente de investigación cómo perciben la situación los/as revolucionarios/as en el terreno, pero no es inconcebible que coincidan con esta línea argumental. ¡Estamos combatiendo a Assad y Makhlouf, no a ExxonMobil o el carbón chino!

Y sin embargo el argumento de De Châtel flaquea en varios aspectos. En primer lugar, su premisa reside en una forma extraña de negacionismo climático que va en contra de la descomunal evidencia científica. En segundo lugar, si siguiésemos el principio de que al cambio climático no se le puede atribuir ninguna responsabilidad por las miserias a las que los/as explotadores/as locales y demás opresores/as han contribuido también, entonces exculparíamos al fuego que amenaza nuestro planeta entero; y más exactamente, la gente que lo ha originado, que lo mantiene y alimenta a diario con más combustible. En tercer lugar, y esto quizás sea lo más importante, la influencia del cambio climático en el devenir sirio de ninguna forma exonera a Assad. De haberse tratado de una democracia perfecta, en la que los hogares compartiesen recursos con equidad y se distribuyese comida y agua a quienes padecieran las mayores pérdidas, aun así, la sequía hubiese causado estrés e incluso hambrunas, pero sería imposible que originara una revolución. Esta solo sobrevino porque la población sufrió el impacto climático en un contexto de jerarquización social presidida por Assad. O dicho de manera más simple, la sequía condujo a la gente a la rebelión porque los céspedes de algunos/as seguían siendo verdes. El cambio climático no indulta ninguna de las maldades del régimen, sino que es en relación a ellas que se constituye como una fuerza desestabilizadora. [21]

El Mediterráneo oriental ha experimentado unas lógicas parecidas en juego. En The Climate of Rebellion in the Early Modern Ottoman Empire, Sam White cuenta la historia de cómo el Imperio otomano casi se disolvió en el siglo XVII al producirse unas sequías extraordinarias en la actual Siria y el este de Turquía. Estas sequías, curiosamente, no fueron fruto de ningún calentamiento global, sino de un enfriamiento global debido al descenso de radiación solar en la Pequeña Edad de Hielo. Las heladas invernales acabaron con los cultivos y ganados de los/as campesinos/as de Anatolia y el Mediterráneo oriental. ¿Cómo respondió el sultán? Con más impuestos a estas mismas personas, forzándolas a pagarle mayores cantidades de grano, ovejas y demás provisiones para la capital imperial y su ejército. Al extenderse la hambruna por los llanos, la metrópoli empezó a exprimirlos aún más que en el pasado. Y fue esta presión añadida, mantiene White, la que condujo a la rebelión de los/as campesinos/as. Comenzó aproximadamente al principio del nuevo siglo con ataques a recaudadores/as fiscales, asaltos a establecimientos y la formación de milicias. Todo esto condujo a la aparición de los grandes ejércitos de las Rebeliones Celali, cuyos territorios se extendieron en su punto álgido desde Ankara hasta Alepo. El sultán derrotaría a los/as celalis, pero a lo largo del siglo XVII el Imperio solo viviría un ciclo de sequía-subida de impuestos-rebelión-mayores déficits de aprovisionamiento-nueva subida de impuestos. En 1648, unas inusuales protestas en el corazón de Estambul acabaron con la muerte del sultán y su impopular gran visir. La capital había sufrido problemas crónicos de provisión de alimentos, salud pública y salarios bajos, que la emigración masiva desde las zonas rurales no hizo más que empeorar. “Cuando la gente vio que los favoritos del sultán todavía tenían agua mientras que las mezquitas y las fuentes se secaban, se sublevaron, confrontando al gran visir”. [23]

Por tanto, podemos proponer una primera hipótesis para una teoría marxista de la confrontación social provocada por alteraciones climáticas. “La forma económica específica”, escribe Marx en el tercer volumen de Capital, “en la que se extrae el trabajo excedente impagado de los productores directos determina la relación entre la dominación y la servidumbre”. [24] Si los/as productores/as directos/as pasan por un shock climático que reduce su capacidad para reproducirse, y si la extracción [pump] continúa o incluso se acelera, enviando cada vez más recursos a la élite, se vuelve más probable que aquellos se subleven. Si no pueden ordenar a las nubes que se abran, al menos sí pueden frenar la desposesión de la que son víctimas para proteger lo poco que les queda. Estas son las relaciones de dominación y servidumbre a través de las cuales se articula el impacto del cambio climático. En el caso del Imperio otomano, operaron por medio de la subida de impuestos para los/as campesinos/as y la llegada de esos recursos al capital imperial, y el shock fue natural. ¿Qué podemos esperar en un mundo capitalista en el que las temperaturas suben cada vez más por las emisiones de gases de efecto invernadero? La principal extracción se revela ahora como la de la plusvalía de los/as trabajadores/as. ¿Sienten también las clases más bajas este shock?

Hay indicios de que se está gestando una reforzada discordia entre clases sociales. En el informe Climate Change and Labour: Impacts of Heat in the Workplace, varias federaciones de sindicatos y organismos de la ONU ponen el énfasis sobre una de las consecuencias más universales y al mismo tiempo olvidadas del cambio climático: cada vez hace más calor en el trabajo. [25] El trabajo físico ya calienta el cuerpo humano. Si tiene lugar bajo el sol o dentro de instalaciones sin un sistema de aire acondicionado eficiente, las temperaturas excesivamente altas harán que los/as trabajadores/as suden más y que descienda su energía corporal, hasta que el/a trabajador/a sufra agotamiento por calor, o incluso algo peor. Esto no resultará tan grave para quien trabaje desarrollando software o asesorando en las finanzas. Pero para la gente que recoge la verdura, construye rascacielos, asfalta las carreteras, conduce autobuses, cose ropa en fábricas con poca o nula ventilación o repara coches en los talleres de los barrios marginales se trata ya de una nueva realidad. Y los días excepcionalmente calientes lo son ahora por razones antropogénicas, no naturales. Conforme asciende la temperatura global, las condiciones térmicas en millones de lugares de trabajo en todo el mundo cambian, incluyendo las regiones tropicales y subtropicales, donde reside en la actualidad la mayoría de la población activa: casi 4 mil millones de personas. Por cada grado, se perderá una porción de la productividad; se estima que hasta un tercio de la producción total al sobrepasarse los 4 grados. Con este calor no se puede trabajar al mismo ritmo. ¿O sí que se puede? Este es el origen potencial de muchas luchas sindicales por venir, al necesitar los/as trabajadores/as ralentizar sus esfuerzos y tomar más descansos, mientras que los/as capitalistas y sus representantes (basándonos en su tendencia histórica) demandarán que se mantenga la producción, y a ser posible que aumente. En un caluroso planeta capitalista, la extracción solo puede reproducirse, y obtener la misma plusvalía, exprimiendo la última gota de sudor de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, solo hace falta un punto de inflexión y esta situación ya no será sostenible.

¿Una revolución proletaria para ganar el derecho de descansar a la sombra? Quizás no. Si el conflicto entre las víctimas de la sequía y el insaciable sultán del Imperio otomano nos resulta obvio y comprensible, los equivalentes del siglo XXI están llamados a ser bastante más complejos. La extracción de la plusvalía sigue siendo esencial, pero los impactos más explosivos del cambio climático apenas se transmitirán en una línea recta contenida en este eje. Si hay una lógica general del modo de producción capitalista a través de la cual se expresará la subida de las temperaturas, será con el desarrollo combinado y desigual. [26] El capital se expande al erradicar otras relaciones dentro de su órbita. Mientras sigue acumulando, las personas atrapadas al mismo tiempo dentro y fuera del sistema, como los/as pastores/as del noreste sirio, disfrutan aún menos de los beneficios, y a veces quizás no lleguen a un salario mínimo. Algunos/as acaparan recursos, mientras que otros/as, fuera de la extracción pero dentro de su órbita, sufren para intentar producirlos por sí mismos/as. Si sobreviene una catástrofe en esta sociedad, al mismo tiempo profundamente dividida e integrada, es fácil pensar que su ruptura se abrirá a través de sus grietas. La revolución siria sirve aquí como ejemplo.

Curiosamente, desarrollo combinado y desigual + catástrofe también fue la base de la Revolución Rusa. La catástrofe en cuestión era, por supuesto, la Primera guerra mundial, que destruyó el sistema de provisión de alimentos de la Rusia zarista. Además, las inundaciones de la primavera de 1917 arrasaron con las carreteras y vías de tren, bloqueando otras formas de abastecimiento. [27] El 8 de marzo —la historia es bien conocida, pero no por ello menos importante para el futuro— las mujeres trabajadoras de Petrogrado empezaron una huelga y marcharon por las calles, demandándole pan a una Duma incapaz de proveerlo. No tardaron en exigir la caída del zar. La crisis volvió a detonarse en agosto de 1917: al duplicarse el precio del grano, Petrogrado afrontó el desafío de sobrevivir sin harina. Un oficial del gobierno describió la situación como una “hambruna, una verdadera hambruna” que “se ha apoderado de ciudades y provincias, y la absoluta insuficiencia de objetos de nutrición ya está causando muertes”. [28] Fue en este momento que Lenin escribió uno de sus principales textos, La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla, de 1917. En él, abogó por una segunda revolución como la única manera de evitar una hambruna generalizada por todo el país. En su agitación interna y externa, el argumento que prendió la llama de octubre decía así:

No hay forma de huir de la hambruna, y no puede haber ninguna salvo por la insurgencia de los campesinos contra los terratenientes del medio rural, y por la victoria de los trabajadores sobre los capitalistas en las ciudades. […] “En la insurrección, la demora es letal”, esta es nuestra respuesta para aquellos que tienen la triste “valentía” de contemplar esta creciente ruina económica, la hambruna que viene, y todavía disuadir a los trabajadores para que no se alcen. [29]

El Pentágono se refiere al cambio climático como un “multiplicador de amenazas”. Lenin habló de la catástrofe de su tiempo como un “poderoso acelerador” poniéndonos cara a cara con todas las contradicciones, “generando crisis mundiales de una intensidad sin igual”, conduciendo naciones “al borde de la muerte”. [30] Su apuesta, por supuesto, fue la de aprovechar la oportunidad que se abría en una situación así. Esto no disminuyó su hostilidad hacia la guerra (que no tenía enemigos/as más implacables que los/as bolcheviques), sino que vio en esta realidad repleta de miseria las razones más convincentes para la toma del poder. Y nada funcionó tan bien para que obtuviera el apoyo de la clase trabajadora. Hay muchas posibilidades de que el cambio climático sea el acelerador de nuestro siglo, acelerando las contradicciones del capitalismo tardío, y en especial el creciente abismo entre los céspedes verdes de los/as ricos/as y la precariedad de la existencia sin propiedades. Sobrevendrán una crisis tras otra. ¿Qué deberían hacer los/as revolucionarios/as cuando una de ellas alcance su área? Aprovechar la oportunidad para derrocar a cuantos/as explotadores/as y opresores/as encontremos. No por ello, huelga decir, hay garantía alguna de un final feliz.

Contrarevolución y caos como síntomas

La escasez de agua y comida está destinada a convertirse en uno de los efectos más tangibles del calentamiento global. Previamente a las revoluciones tunecina y egipcia, la subida de los precios de los alimentos, causada en parte por una climatología extrema, intensificó las tensiones pre-existentes, y en el llamado Oriente Medio, caldero de las revoluciones en lo que llevamos de siglo, podemos esperar aún más. Ninguna región es tan vulnerable en relación al agua, o a los “shocks de suministro teleconectado de alimentos”, o a las malas cosechas en graneros lejanos que suben los precios de las importaciones de las que depende la población. [31] En la Rusia revolucionaria, el shock de suministro se originó por los bloqueos y demandas de la Primera guerra mundial, y de allí se extendió por todo el territorio. Para los/as bolcheviques, era tanto una maldición como una bendición. En su impresionante estudio, Bread and Authority in Russia, 1914—1921, Lars T. Lih nos muestra cómo la falta de comida les condujo tanto al poder como al desarrollo de unas tendencias autoritarias que más tarde les devorarían.

Es más, esas tendencias ya estaban a plena vista antes de octubre. El estado zarista dio los primeros pasos hacia una “dictadura del suministro de alimentos”, donde se aplicaba la coerción del Estado para distribuir alimentos entre la ciudadanía más necesitada. “La cuestión de la distribución de comida se había tragado todas las demás”, observaba un funcionario del gobierno en otoño de 1916. “Una anarquía económica se ha extendido, y aún más profundo es el proceso de penetración del estado en todos los aspectos de la existencia económica del país”. [32] El Gobierno provisional continuó esta misma tendencia, al acordar todas las fuerzas políticas (salvo los anarquistas) la necesidad de un estricto control centralizado para repartir el grano. No por ello tuvo el gobierno mayor éxito que el zar. Los/as bolcheviques resultaron ser el único partido lo suficientemente disciplinado y contundente como para reconstituir ese control centralizado y controlar las fuerzas centrífugas. Pero para tener éxito necesitaron acallar cualquier duda ideológica sobre el papel del estado y utilizar al máximo lo que quedaba de la burocracia zarista. El problema residía en que habían prometido “todo el poder para los soviets”.

De acuerdo con el razonamiento de Lih, que reconstruye este momento histórico hasta el más mínimo detalle, los soviets auto-organizados, así como las comunas y comités en las fábricas, tenían como prioridad a las personas que representaban y defendían. En el campo, retuvieron parte del grano que partía para las ciudades; en las ciudades, mandaban voluntarios/as a recoger lo que pudieran y distribuirlo entre sus habitantes. El experimento de democracia directa que los bolcheviques tanto habían apoyado no hizo más que incrementar el caos en la cuestión de los alimentos, la plaga que habían jurado erradicar. Atrapados/as en esta contradicción, se decidieron por establecer un control férreo del partido sobre los sóviets, ejecutando a los sospechosos de acaparamiento y colocando agentes en los pueblos para vigilar a los/as campesinos/as. El tren del control burocrático ya estaba en marcha.

Pero esta decisión, y este es el punto principal de Lih, estaba forzada por las circunstancias. La escasez aumentó, exacerbada primero por la Guerra civil y después por una reforzada sequía, y esto no parecía permitir otro curso de acción que una dictadura sobre la distribución de alimentos, algo a que la mayoría del pueblo ruso acabaría por resignarse. Prefirieron algo de estabilidad y de comida sobre la mesa antes que la incertidumbre y privación constantes de la etapa revolucionaria. Aquí se sembraron las semillas de la contrarrevolución estalinista. Paradójicamente, en el análisis de Lih, estas semillas crecieron debido a una hazaña increíble: precisamente por su despiadada centralización en la gestión de recursos, los/as bolcheviques evitaron un colapso absoluto. En una afirmación cargada de significado, Lih resume su opinión sobre el nuevo estado soviético: “un Noé que construye una pequeña arca con prisa ante el desastre inminente”. [33]

Si muchos desastres son inminentes y pueden generar revoluciones, ¿pueden también generar contrarrevoluciones, bajo la forma de bestias rudas y burocracias sobredimensionadas que asegurarían ser indispensables para evitar lo peor? Es demasiado pronto para decir nada, por supuesto. A pesar de ello, se puede abstraer una pista de cómo sería este escenario en base al golpe de estado que finiquitó la Revolución egipcia. En los últimos días de Morsi, el “Estado profundo” orquestó una escasez masiva de alimentos y comida, con cortes de luz incluidos, todo para que la gente le diera la espalda a su primer presidente elegido democráticamente y saliera a las calles en su contra. [34] Después del golpe del 3 de julio de 2013, estas deficiencias desaparecieron milagrosamente de un día para otro. La junta de Sisi se llevó todo el crédito y ganó el apoyo de estómagos y mentes por todo el país. Este episodio por sí mismo no tiene ninguna relación con los impactos del cambio climático, pero apunta a un razonamiento político que puede reaparecer cuando estos se evidencien más: un líder fuerte es el único garante de un mínimo de estabilidad en la distribución de recursos y ha de monopolizar el poder. No se precisaría una revolución para que esta contrarrevolución tomara el control: solo basta la escasez para estimularlas.

El mayor peligro que se presenta aquí es lo que conocemos como ecofascismo. Tiene pocos/as partidarios/as a día de hoy, pero sí que existen 3/. En The Climate Challenge and the Failure of Democracy, los académicos australianos David Shearman y Joseph Wayne Smith rechazan el argumento de que el capitalismo sea responsable del cambio climático, y achacan toda la culpa a la democracia. Afirman que ahora es el momento de admitir que “la libertad no es el valor más fundamental, es solo uno entre varios. La supervivencia nos parece más importante”. [35] Ante la amenaza del cambio climático, los seres humanos debemos redescubrir nuestra auténtica naturaleza: una rígida jerarquía. “El cerebro humano está programado para el autoritarismo, para la dominación y la sumisión” (no hay más que mirar a los primates). [36] Es más, Shearman y Smith proponen una mezcla de feudalismo y dictadura de un solo partido, prescindiendo de una planificación de la economía, liderada por “un líder autoritario, capaz y altruista, versado en la ciencia y con habilidades personales”, con la asistencia de una clase de “filósofos reyes o ecoélites” entrenadas desde la niñez “como en Esparta” para guiar al mundo en su travesía por el fuego. [37] También ‘nos instruyen’ en que los cerebros de las mujeres están dirigidos al cuidado de niños/as, que el “rap negro” que exprese “deseos de matar a gente blanca” debe ser prohibido, y que el Islam está torpedeando demográficamente a Occidente. [38] Lunáticos así aún no han encontrado una audiencia masiva. Pero una vez que la supervivencia empiece a ponerse en cuestión, no podemos excluir la posibilidad de que se hagan más fuertes. Después de todo, el cambio climático ya nos ha colocado frente a ideas lunáticas, como la geoingeniería.

Si el fascismo ecológico puede ser una tendencia ideológica explícita en un futuro acalorado, otra posibilidad es la violencia nihilista, oportunista, e incluso racial: en el Imperio otomano asediado por la sequía, nos recuerda Sam White, los/as celalis no defendían ninguna convicción religiosa o política en particular. Simplemente marcharon sobre un territorio desolado. Uno de sus bastiones fue la ciudad de Al Raqa, epicentro de la sequía y que después sería ocupada por el Daesh. White escribe que las sequías alimentaron las llamas de un despertar fundamentalista entre varias sectas del Imperio. [39] En las eternas colas por el pan de la Rusia revolucionaria los rumores en torno a que el pueblo judío acumulaba y especulaba con el grano corrieron como la pólvora. La ruta desde la panadería cerrada hasta el pogromo era muy corta. [40] En 1917, Lenin meditó sobre “el sentimiento de desesperación entre las masas” y vislumbró que los hambrientos “lo romperán todo, lo destruirán todo, de manera anárquica” si los/as bolcheviques no sabían ejercer el liderazgo cuando llegara la batalla decisiva. [41]. Las antisemitas Centurias negras confiaban en obtener el apoyo de los/as rusos/as, y Lenin se percató de tendencias objetivas que jugaban a su favor. “¿Puede alguien imaginar una sociedad capitalista al borde del colapso en la que las masas oprimidas no estén desesperadas? ¿Hay alguna duda de que la desesperación de las masas, de las cuales una gran parte sigue en la ignorancia, se expresará en un mayor consumo de todo tipo de venenos?”. [42]

Celalis, Daesh, Centurias negras: Christian Parenti ha ofrecido una prognosis similar en su Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence. “Las sociedades heridas, al igual que las personas, a veces responden a una nueva crisis de manera irracional, miope y autodestructiva”, y las sociedades de este mundo —en particular aquellas víctimas de la colonización, las contrainsurgencias de la Guerra Fría, las guerras contra el terror y los reajustes neoliberales— son el ejemplo perfecto de sociedades heridas. [43] Podemos anticipar un “deslizamiento hacia la entropía y el caos”, “conflictos entre comunidades, bandolerismo”, la destrucción del estado moderno. Lo cual, por supuesto, nos puede potencialmente conducir a su opuesto, una nueva Esparta. ¿Qué pasa con quienes se pueden proteger contra el calor con aire acondicionado? Como obvia protección de sus intereses materiales, Parenti avisa de una “política del bote salvavidas armado” o “fascismo climático”, por medio del cual las élites continuarán su curso presente y mantendrán alejadas a las víctimas, sin misericordia alguna, con sus muros, drones y centros de detención. [44] Una autoridad en los estudios de genocidio ha ido recientemente más lejos y ha avisado de que los flujos de refugiados/as que llegan al Norte global revivirán un “impulso genocida”, un escenario que tendría posibilidades de ganar cierta plausibilidad, dado que una gran parte de estos flujos estará conformada por personas musulmanas dirigiéndose hacia un continente europeo infectado de Islamofobia. [45] Esa podría ser otra forma de articulación. Como tal, sin embargo, sería el resultado de las relaciones configuradas por la lucha. Los/as revolucionarios/as en un planeta en llamas deberán estar alerta y militar en el antifascismo. Probablemente estamos viviendo no en el ocaso, sino en el amanecer de la edad de los extremos.

Revolución para tratar los síntomas

Hasta ahora tenemos dos configuraciones, aunque la línea divisoria entre ambas resulte difícil de trazar: revolución y/o contrarrevolución/caos como síntomas del cambio climático. Me permito tomar aquí un apuntede la meteorología para conceptualizar esto. Los/as científicos/as del clima hablan a menudo de cómo la subida de temperaturas truca los dados en favor de fenómenos meteorológicos extremos: en el siglo XVIII podían darse supertormentasI, pero todo el dióxido de carbono acumulado en la atmósfera desde entonces ha conducido a unas superficies marinas más cálidas y elevadas. Esto equivale a un peso añadido para la cara con el número seis, aumentando dramáticamente las opciones de un huracán mortal. El tipo de eventos sociales extremos sobre los que hemos especulado pueden ocurrir, evidentemente, sin un cambio climático antropogénico, pero este nuevo mega-peso en nuestro sistema planetario nos empuja en esa dirección. Si todo esto suena surrealista, no hay más que leer la ciencia climática de consenso. El quiebre de los fundamentos materiales sobre los que la existencia humana se sostiene supondrá un golpe mortal cuando el calentamiento global juegue un papel aún más activo. Y quizás llegue antes de lo que se predice a día de hoy, según informes que se están publicando prácticamente todos los meses.

En enero de 2016, la temperatura media terráquea era 1,15°C más alta que en el periodo 1951-1980. Fue un récord rápidamente superado por febrero, que alcanzó los 1.35°C.[46]. Para entonces el planeta se asomaba a los 1.5°C por encima de los niveles preindustriales, un valor que había sido tomado por la élite mundial en la COP21 de París (diciembre de 2015) como el límite que no se debía alcanzar, aunque se siguen estimando los 2°C como la línea que nos separa de un cambio climático todavía más destructivo. [47] ¿Cuándo llegaremos allí? Las últimas publicaciones sugieren que sucederá más pronto que tarde: por ejemplo, en las nubes los cristales de hielo devuelven más rayos de sol de vuelta al espacio que las gotas líquidas, algo que los modelos climático han infravalorado, ignorando otro elemento ya en marcha que implica un mayor calentamiento. [48] Otros/as han revisado las estimaciones de cómo aumentarían las temperaturas si se queman todas las reservas de combustibles fósiles. Siguiendo unas cifras conservadoras, que excluyen cualquier descubrimiento futuro de yacimientos o el desarrollo tecnológico, Katarzyna Takorska y sus compañeros/as calculan la subida en unos 8°C, alcanzando los 17°C en el Ártico, en vez de los 5°C que se preveían en un primer momento. Traducido a las condiciones de vida en la Tierra, esta media de ocho grados supondría el fin de todo. [49] No ocurrirá mañana, pero nos marca la dirección general de la historia del capitalismo tardío. Quien quiera disputar estas estimaciones y decir que estos equilibrios no fomentarán una era de extremismos políticos precisará de un convincente argumento acerca de la capacidad de la humanidad para realizar un ejercicio inusitado de estoicismo, o de la posibilidad de una desvinculación absoluta con nuestros ecosistemas. Sea como sea que se presente ese argumento, no tendrá una base materialista.

Pero aún queda la posibilidad de prepararnos para algunos impactos. Consideremos el caso sirio. La mayor parte de la agricultura del país depende del riego por inundación, con los/as campesinos/as abriendo canales y dejando fluir el agua por sus tierras. Esto tenía sentido en el pasado, pero no en la época seca que nos aguarda. [50] Pasar al riego por goteo es un imperativo, con el objetivo de optimizar el uso de cada gota de agua. Un estado que se centre en las necesidades de sus campesinos/as más desfavorecidos/as, y que esté dispuesto a proveerlos de las fuerzas productivas básicas para asegurarlas, tendría opciones de conseguir esta transformación imprescindible. Pero, en vez de esto, el régimen de Assad ha apostado por una política de extracción de agua que deseca la tierra. En Egipto, la subida del Mediterráneo empuja el agua marina haci el Delta del Nilo. Los/as agricultores/as necesitan “elevar” sus campos por medio de enormes cantidades de arena y fertilizantes para salvar sus cosechas, pero solo los/as más ricos/as se pueden permitir estas medidas de adaptación. [51] A lo largo de las costas, las tormentas son más frecuentes y fuertes, pero los rompeolas y otros sistemas de amortiguamiento se construyen principalmente en resorts turísticos, mientras que las comunidades pesqueras y campesinas se quedan sin protección alguna. [52] La Revolución egipcia representó una oportunidad para abandonar estas desigualdades en dirección a una adaptación al cambio climático más popular y sistemática. Me quedo corto al decir que se perdió esa oportunidad.

Aquí es donde podemos discernir los contornos de una hipotética tercera configuración: una revolución para tratar los síntomas del calentamiento global. Los casos sirio y egipcio no son atípicos. Algunas encuestas revelan que los procesos diarios de la acumulación de capital (privatización de recursos naturales, mercantilización, especulación inmobiliaria, centralización de recursos) distorsionan la mayoría de proyectos de adaptación a lo largo del mundo, dejando sin protección a las personas más vulnerables. [53] Pero “en los tiempos revolucionarios los límites de lo posible se expanden mil veces”, por citar a Lenin. [54] Si las relaciones sociales bloquean la manera de efectuar una adaptación que favorezca a las personas empobrecidas, debemos revisarlas. Esta es una razón más para aprovechar todas las oportunidades que las catástrofes nos abren. Al contrario que en las dos configuraciones previas, en esta presuponemos revolucionarios/as que actúan conscientemente contra los impactos del cambio climático en los terrenos en los que pueden marcar la diferencia. Pero esta influencia, por naturaleza, estará restringida.

Revolución contra las causas

La adaptación para los tres, cuatro, por no hablar de los ocho grados, está destinada a volverse un esfuerzo fútil. Da igual lo avanzado que sea el sistema de riego instalado por campesinos/as sirios/as. La irrigación requiere agua. Ningún muro puede proteger el Delta del Nilo de la infiltración subterránea del mar. Nadie puede realizar ningún tipo de trabajo físico cuando las temperaturas sobrepasan un determinado nivel. Pero sí podemos mantener los combustibles fósiles que nos quedan bajo tierra. Podemos reducir las emisiones a cero. “Todo el mundo dice esto. Todo el mundo admite esto. Todo el mundo ha decidido que esto es así. Pero nadie hace nada”, estas son las reflexiones típicas del/de la revolucionario/a más exigente. Quienes, plenamente conscientes de las raíces del problema, declaran guerra frontal al capitalismo fósil, de la misma manera que los/as bolcheviques se arrogaron el deber de poner “un final inmediato a la guerra”, insistiendo en que “a todo el mundo le queda claro que, para terminar la guerra, inextricablemente ligada al sistema capitalista presente, debemos luchar contra el propio capital”. [55] El actual es el momento para leer de nuevo al Lenin de 1917 y salvar el núcleo del proyecto bolchevique:

Podemos dibujar, quizás, la comparación más sorprendente entre los métodos burocráticos reaccionarios de combatir catástrofes, que se limitan a las reformas más mínimas, y los métodos revolucionarios democráticos que, para justificar su nombre, deben luchar por la ruptura violenta con el sistema viejo, obsoleto, y por la consecución del progreso más rápido posible… [56]

La agilidad resulta clave. La burguesía rezagada, mientras tanto, “sigue como siempre la regla Après nous le deluge 4/”. [57] Hay medidas que salvarían millones, incluso miles de millones de vida, de llevarse a cabo, de desaparecer los intereses que las obstruyen. “Hay disponibles formas de combatir la catástrofe y la hambruna, las medidas requeridas para combatirlas están bastante claras, son simples, perfectamente realizables, y al alcance de las fuerzas populares”. Podríamos empezar actualizando el Manifiesto comunista y listar diez: [58]

  1. Imponer una moratoria absoluta en todas las instalaciones para la extracción de carbón, petróleo o gas natural.
  2. Cerrar todas las centrales eléctricas que dependan de estos combustibles.
  3. Obtener el 100% de la electricidad a partir de fuentes no fósiles, principalmente la energía eólica y solar.
  4. Terminar con la expansión del transporte por tierra, mar y aire; provocar el tránsito del transporte por tierra firme y marítimo hacia la electricidad y el viento; racionar el transporte aéreo para asegurar una distribución justa hasta reemplazarlo por completo por otras formas de transporte.
  5. Expandir los sistemas de transporte para las masas, desde las líneas de metro hasta los trenes intercontinentales.
  6. Limitar el transporte aéreo y marítimo de comida y promover sistemáticamente la producción local.
  7. Terminar con la quema de selvas tropicales e iniciar programas masivos de reforestación.
  8. Reformar edificios antiguos con un aislamiento moderno y requerir que los nuevos generen toda su energía con fuentes no fósiles.
  9. Desmantelar la industria cárnica y desplazar las necesidades humanas de aportaciones proteínicashacia los alimentos vegetales.
  10. Destinar financiación pública al desarrollo y difusión de las tecnologías de energía renovable y eficiente, así como a las tecnologías de captación del dióxido de carbono en la atmósfera. [59]

Eso sería un inicio y solo eso, pero ya implicaría una auténtica revolución, no solo de las fuerzas productivas, sino también de las relaciones sociales con las que se encuentran entretejidas. Recientemente dos informes han relacionado el fenómeno de las emisiones de CO2 con el sistema de clases. Una décima parte de la especie humana implica el 50% del consumo, mientras la mitad de la población global solo consume el 10% del total. El 1% más rico tiene una huella ecológica 175 veces mayor que el 10% más pobre. Las emisiones del 1% de los Estados Unidos, Luxemburgo y Arabia Saudí son 2000 veces mayores que las de las personas más pobres en Honduras, Mozambique y Ruanda. La responsabilidad del CO2 acumulado desde 1820 mantiene esta desigualdad. [60] Cierto odio ecológico de clase está justificado, por supuesto, y esto a falta de mencionar el verdadero núcleo del capital fósil, los/as Rex Tillerson 5/ del mundo, los/as milmillonarios/as que se enriquecen a costa de la extracción de combustibles fósiles y de venderlos a cambio del fuego que nos acecha. [61] No nos equivoquemos: a esta revolución no le faltarían los/as enemigos/as.

¿Quién la llevará a cabo? ¿Quiénes son los/as metalúrgicos/as de Petrogrado y los/as marineros/as de Kronstadt en nuestra revolución climática? La población que lidera las encuestas mundiales en preocupación por el calentamiento global es Burkina Faso, que en la actualidad sufre de un drástico descenso de las lluvias y mayores tormentas de arena. De hecho, lidera la lista de países africanos que sufren un mayor número de días extremadamente cálidos. [62] ¿Puede un/a campesino/a de Burkina Faso tomar los Palacios de Invierno del capitalismo fósil? ¿Puede llegar a visualizarlos en vida? ¿Puede conocer la sede de ExxonMobil en Texas y las torres resplandecientes de Dubái, tan lejanas como para estar completamente fuera de su alcance, por no hablar de su capacidad y la de sus compañeros para una acción revolucionaria efectiva? Probablemente sería tan fácil obtener un apoyo masivo para un programa radical en Burkina Faso como difícil de implementar desde allí.

Son precisamente las diferencias abismales dentro de nuestra propia especie —y que desmienten la cháchara del Antropoceno, la idea de que hemos contribuido todos por igual, de que somos enemigos/as del planeta sin distinciones— las que pueden revelarse como los mayores obstáculos para combatir las causas de la catástrofe. Hablo aquí de las víctimas de la violencia sistemática conocida como quema de combustibles fósiles, a las que les quedan muy lejos los/as perpetradores/as de esta, a quienes han de derrocar. Las revoluciones que se expresan como síntomas de crisis estructurales van detrás de explotadores/as y opresores/as que quedan más cerca, y por tanto resultan comprensibles en escenarios de auténtica desesperación. Pero las revoluciones contrarias a las causas de la crisis deben viajar por todo el mundo, si las clases más afectadas pretenden controlarlas. También es más probable que estas revueltas ataquen a los/as Makhlouf locales en lugar de a los/as alejados Tillerson. Dicho de otra manera, la formación espontánea de conciencia de clase en un planeta en llamas (requisito básico para cualquier empuje del estilo de la Revolución de octubre) resulta poco plausible. No encontramos la misma situación en la exploración petrolera: cuando una empresa invade el hogar ancestral de un pueblo para extraer una fuente de energía, el antagonismo se vuelve evidente y la resistencia comienza de manera natural. Pero el cambio climático puede acabar con millones de vidas protegidas tras castillos y muros muy difíciles de asaltar.

Este parece ser el interrogante estratégico fundamental para la lucha contra el cambio climático. Aunque no en los mismos términos, la perspectiva rupturista más prometedora ha sido formulada por Naomi Klein en su Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima. Ella argumenta que, dado que el capitalismo actual está tan saturado de energía fósil, de una manera u otra todas las personas que militan en los movimientos sociales están, objetivamente, luchando contra el calentamiento global. Les preocupe o no. Vayan a sufrir sus consecuencias o no. Las personas que en Brasil protestan contra las subidas tarifarias y exigen un transporte público gratuito luchan por el punto 5 de la lista que he presentado antes, mientras que el pueblo ogoni, en su choque con Shell, se centran en el primero. [63] De manera parecida, a los/as trabajadores/as de automóviles que defienden sus puestos de trabajo en Europa, siguiendo la conciencia obrera que siempre les ha caracterizado, les interesa convertirsus empresas en generadoras de la tecnología requerida para la transición que deje atrás los combustibles fósiles, favoreciendo la producción de aerogeneradores y autobuses. Es eso o permitir su desaparición a cambio de trabajos precarios. [64] Todas las luchas se enfrentan al capital fósil: solo necesitamos que la gente se dé cuenta de ello. En palabras de Klein, “la crisis medioambiental, si se concibe de forma lo suficientemente amplia, ni se impone sobre, ni nos distrae de, nuestras luchas políticas y económicas más apremiantes. Conecta una con otras con urgencia existencial”. [65] Esta fórmula tiene el atractivo añadido de construir la alianza más amplia posible e imaginable. Queda claro que es precisamente lo que necesitamos en esta lucha.

Queda por ver si esta es una solución que puede sustituir la ausencia de fuerzas de resistencia que presentan una condición inmediata de víctimas. Hasta ahora escasean las posiciones análogas a los/as palestinos/as luchando contra la ocupación sionista, o a los/as trabajadores/as de las fábricas en oposición a sus condiciones de trabajo. No porque las personas explotadas y sudorosas no existan, sino porque no están combatiendo a sus enemigos/as como necesitamos que lo hagan. Y esto ha ahogado el movimiento climático nonato que habría de afrontar el verdadero problema que tenemos por delante. Sí tenemos a la juventud climática, que debería ser el eje a partir del cual se vertebre la alianza contra el capital fósil. Sus argumentos son poderosos, como cuando dicen “no hay trabajos en un planeta muerto”. Cualquier otra demanda que se airee parece presuponer un clima estable, y aunque las arenas del desierto todavía no alcancen las puertas de nuestras casas, el impacto viene de una u otra manera. Si al/a la trabajador/a en Alemania no le importa la vida del/de la campesino/a de Burkina Faso, o se conforma con risueño optimismo pensando que en Alemania no se está tan mal, el movimiento climático le debe espetar: De te fabula narratur 6/. Este movimiento comprende que Siria no puede sobrevivir si desaparece el Creciente Fértil, o si sube el nivel del mar tres metros en Egipto, o si las temperaturas suben cuatro grados en Burkina Faso. Este movimiento articula los intereses de las masas más vulnerables aunque solo sea en su nombre. Sí, hay aquí, por razones estructurales que debemos superar, un componente de lo que el marxismo clásico llamaría sustitucionismo y voluntarismo.

Este movimiento ha conseguido últimamente victorias importantes. La paralización del oleoducto de Keystone XL, la retirada de Shell del Ártico, la campaña de desinversión en espiral, la cancelación de proyectos para minas de carbón desde Oregón hasta Odisha, han sido algunos de sus logros 7/. La visibilización fue a más con la campaña Break Free de mayo de 2016, la mayor ola de acción directa contra la extracción de combustibles fósiles hasta la fecha, desde las Filipinas hasta Gales, desde Nueva Zelanda hasta Ecuador. [66] El centro de esta campaña era el campamento conocido como Ende Gelände, erigido junto a la Schwarze Pumpe (“bomba negra”), una central de energía en la región alemana de Lusatia que gestiona una megamina destinada a la extracción de lignito (el carbón más sucio de todos), uno de los principales emisores de CO2 en toda Europa. Las diversas partes del campamento fueron bautizadas con nombres de islas amenazadas por la subida del nivel del mar: Kiribati, Tuvalu, las Maldivas. El 13 de mayo de 2016 empezó la ofensiva múltiple contra la Schwarze Pumpe con mil activistas —el campamento llegaría a tener cerca de 4000— descendiendo a la mina, parando las máquinas de excavación y asentándose allí durante el fin de semana. La mañana del sábado, otro grupo ocupó las vías del tren que transporta el lignito. Otro irrumpió en la propia central y la policía, sobrepasada, respondió con spray de pimienta, porrazos y arrestos, pero el bloqueo resistió hasta la mañana del domingo, cuando los propietarios anunciaron que los/as activistas les habían forzado a frenar toda la producción de electricidad. [67] Esto era inédito en la historia de Europa central.

Los orígenes de estas acciones son instructivos. En las elecciones parlamentarias en Suecia en 2014, Gustav Fridolin, líder del Partido Verde, guardaba algo de carbón en los bolsillos. Allá donde fuera, en todo discurso e intervención televisada, se sacaba el pedazo de carbón y prometía, muy determinado, cortar las relaciones entre el estado sueco y este combustible. En los pozos del este de Alemania se ha cuestionado la imagen de Suecia como un föregångsland o ‘país pionero’ en cuestiones climáticas ya que la Schwarze Pumpe pertenece a la empresa pública sueca Vattenfall, junto con otros cuatro complejos de lignito del mismo tamaño. En el momento de las elecciones, el estado sueco producía a través de estos complejos emisiones de CO2 equivalentes a todas las emisiones de su propio territorio más un tercio.. Fridolin declaró que era ahora de acabar con esta situación y dejar el carbón bajo tierra. Si el Partido Verde entraba en el gobierno, la prioridad sería que Vattenfall cerrase todas sus minas e instalaciones en Alemania. Dos años después, seguían allí, aunque no bajo control sueco. Habían sido vendidas a un consorcio de capitalistas de la República Checa (incluyendo el hombre más rico del país), felices de orquestar un renacer del lignito desde ese rincón del continente. Los/as Verdes se limitaron a vender al capital fósil algunas de las mayores concentraciones de lignito del planeta. Esta situación condujo a la mayor crisis en la historia del partido —probablemente el partido verde más influyente del mundo— y, por tanto, a una de las más graves en la historia dele ecologismo parlamentario. Para cubrirse las espaldas, Fridolin, en representación del gobierno sueco, denunció las acciones de Ende Gelände por ser “ilegales”. [68]

Siguiendo la más básica evidencia empírica, las acciones de Ende Gelände pertenecen a la tipología que debería repetirse y multiplicarse por mil. Dentro de los países capitalistas más avanzados, y de las zonas más desarrolladas de otros, no escasean los objetivos que se prestan a ello: no hay más que ver las centrales energéticas que funcionan a base de combustibles fósiles, los oleoductos, los todoterrenos, los aeropuertos en expansión, los centros comerciales cada vez más grandes, y tantos otros ejemplos más. Este es el territorio que el movimiento revolucionario climático debe ocupar mediante una rápida escalada. Obviamente, estamos lejos aún de alcanzar esa dimensión. Quizás nos propulse en el futuro algún evento meteorológico extremo de proporciones traumáticas. Incluso entonces, como evidencia el caso de Vattenfall, la acción directa no soluciona nada por sí sola: debe haber decisiones y decretos desde las estructuras del estado. O dicho de otro modo, debemos desligar los estados de las manos de un Tillerson o de un Fridolin para que cualquier proyecto de transición tenga visos de llevarse a cabo. En la resaca ideológica post-1989, que todavía afecta al activismo climático del Norte global, persiste una fetichización de la acción directa horizontal como táctica autosuficiente y que desdeña las enseñanzas de Lenin: “La cuestión clave de cualquier revolución es sin duda la cuestión del poder estatal”. [69] Quizás nunca haya sido tan importante escuchar estas palabras como ahora.

¿Puede crecer el movimiento climático de manera considerable, conseguir el apoyo de las fuerzas progresistas colindantes y desarrollar una estrategia viable para la toma del estado en un espacio de tiempo bastante limitado y en un planeta en llamas? Es un gran desafío, por expresarlo suavemente. Pero, como decía Daniel Bensaïd, probablemente el más lúcido teórico de la estrategia revolucionaria de finales del siglo XX, “cualquier duda se refiere a la posibilidad de tener éxito, no a la necesidad de intentarlo”. [70]

 

  1. Notas
  1. J.G. Ballard, El mundo sumergido, Buenos Aires: Minotauro, 1971.
  2. US Intelligence Community Worldwide Threat Assessment, Statement for the Record

March 12, 2013,’ United States Central Intelligence Agency (CIA) Handbook: Strategic Information, Activities and Regulations, Washington, DC: International Business Publications, 2013, p. 40.

  1. EE.UU. Departamento de Defensa, ‘National Security Implications of Climate-Related Risks and a Changing Climate,’ informe presentado al Congreso 23 de julio de 2015, disponible en archive. defense.gov. El espectro de la escalada de conflictos en un mundo en calentamiento no es lo único que atormenta al Pentágono: una amplia gama de instalaciones militares se enfrentan al riesgo de inundación, incluida la base naval de Norfolk en Virginia, la más grande de este tipo en el mundo. Ver e.g. Peter Engelke y Daniel Chiu, Climate Change and US National Security: Past, Present, Future, The Transatlantic Partnership for the Global Future, Brent Scowcroft Center and the Ministry for Foreign Affairs of the Government of Sweden, 2016.
  2. David Kilcullen, Out of the Mountains: The Coming Age of the Urban Guerrilla, Londres: C. Hurst & Co., 2013.
  3. Solomon M. Hsiang, Marshall Burke, y Edward Miguel, ‘Quantifying the Influence of

Climate on Human Conflict,’ Science (2013), 341, p. 4. Cf. Solomon M. Hsiang and Marshall Burke, ‘Climate, Conflict, and Social Stability: What does the Evidence Say?,’ Climatic Change (2014), 123: 39—55.

  1. Clionadh Raleigh, Andrew Linke y John O’Loughlin, ‘Extreme Temperatures and

Violence,’ Nature Climate Change, 4, 2014, pp. 76—7. Ver más en John Bohannon, ‘Study

Links Climate Change and Violence, Battle Ensues,’ Science, 341, 2013, pp. 444—5; Mark A. Cane et al., ‘Temperature and Violence,’ Nature Climate Change, 4, 2014, pp. 234—5; H. Buhaug et al., ‘One Effect to Rule them All? A Comment on Climate and Conflict,’ Climatic Change, 127, 2014, pp. 391—7.

  1. Hsiang et al. quizás replicarían que para estudiar la interacción entre el clima y otros factores, uno previamente tiene que saber que el primero es un factor en sí mismo, y eso es lo que demuestra su investigación. Hay algún mérito en ese argumento. El estado de esta ciencia parece ser precisamente el de haber identificado el clima como un conductor del conflicto social, pero sin una idea clara de cómo funciona esa conducción. Cf. Idean Salahyan, ‘Climate Change and Conflict: Making Sense of Disparate Findings,’ Political Geography, 43, 2014, pp. 1—5.
  2. Raleigh et al., ‘Extreme temperatures,’ p. 77.
  3. Martin Hoerling, Jon Eischeid, Judith Perlwitz et al., ‘On the Increased Frequency of Mediterranean Drought,’ Journal of Climate, 25, 2012, pp. 2146—61.
  4. Benjamin Cook, Kevin J. Anchukaitis, Ramzi Touchan et al., ‘Spatiotemporal Drought Variability in the Mediterranean over the Last 900 Years,’ Journal of Geophysical Research: Atmospheres, 121, 2016, pp. 2060—74.
  5. Colin P. Kelley, Shahrzad Mohtadi, Mark A. Cane et al., ‘Climate Change in the Fertile Crescent and Implications of the Recent Syrian Drought,’ PNAS, 112, 2015, pp. 3241—6.
  6. Robert F. Worth, ‘Earth is Parched Where Syrian Farms Thrived,’ New York Times, 13 de octubre de 2010. Ver más en W. Erian, B. Katlan y B. Ouldbdey, ‘Drought Vulnerability in the Arab Region: Special Case Study: Syria,’ 2011 Global Assessment Report on Disaster Risk Reduction, Naciones Unidas; OCHA (Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas), Syria Drought Response Plan, 2009—2010: Mid-Term Review;

Francesco Femia y Caitlin Werrell, ‘Climate Change Before and After the Arab

Awakening: The Cases of Syria and Libya,’ Caitlin Werrell y Francesco Femia, eds.,

The Arab Spring and Climate Change, Center for American Progress, Stimson, and The

Center for Climate and Security, 2013, pp. 23—32; Peter H. Gleich, ‘Water, Drought,

Climate Change, and Conflict in Syria,’ Weather, Climate & Society, 6, 2014, pp. 331—40; Myriam Ababsa, ‘The End of a World: Drought and Agrarian Transformation in Northeast Syria (2007—2010),’ R. Hinnebusch y T. Zintl, eds., Syria from Reform to Revolt, Vol. 1: Political Economy and International Relations, Siracusa: Syracuse University Press, 2015, 199—222.

  1. Ver E.G. Kelley et al., ‘Climate Change.’
  2. Bassam Haddad, Business Networks in Syria: The Political Economy of Authoritarian Resilience, Stanford: Stanford University Press, 2012, p. 104; Shamel Azmeh, ‘The Uprising of the Marginalized: A Socio-Economic Perspective of the Syrian Uprising,’ LSE Middle East Centre Paper Series, no. 6, 2014; Robin Yassin-Kassab y Leila Al-Shami, País en llamas: Los sirios en la revolución y en la guerra, Madrid: Capitán Swing, 29-33.
  3. Ababsa, ‘The End of a World,’ pp. 210—17.
  4. Yassin-Kassab y Al-Shami, País en llamas, p. 33.
  5. Sobre la sequía en Dera’a, ver e.g. Caitlin E. Werrell, Francesco Femia y Troy Sternberg, ‘Did We See it Coming?: State Fragility, Climate Vulnerability, and the Uprisings in Syria and Egypt,’ SAIS Review of International Affairs, 35, 2015, p. 31.
  6. Suzanne Saleeby, ‘Sowing the Seeds of Dissent: Economic Grievances and the Syrian Social Contract’s Unraveling,’ Jadaliyya, 16 de febrero de 2012.
  7. Francesca De Châtel, ‘The Role of Drought and Climate Change in the Syrian Uprising: Untangling the Triggers of the Revolution,’ Middle Eastern Studies, 50, 2014, pp.

521—34.

  1. De Chatel, ‘The Role of Drought,’ p. 532.
  2. Otro intento de minimizar el impacto de la sequía se hace en Christiane J. Frölich, ‘Climate Migrants as Protestors? Dispelling Misconceptions about Global Environmental Change in Pre-Revolutionary Syria,’ Contemporary Levant, 1, 2016, pp. 38—50. La autora ha entrevistado a gente de Dera’a que señala que los refugiados del campo que viven en campamentos alrededor de la ciudad no orquestaron la fase temprana del levantamiento. Además, la autora afirma que carecían de las redes sociales necesarias para una empresa tan aventurera y posiblemente no podrían haber liderado la acusación contra el regimen. Esta supuesta refutación del vínculo con el clima se basa en un procedimiento de prueba extremadamente estrecho. Se refiere solo a Dera’a y únicamente a las actividades directamente revolucionarias de los migrantes que se refugian allí, ignorando los efectos más amplios de la sequía- incluyendo las subidas del precio de los alimentos y la escasez de agua- así como muchas pruebas de que el proceso revolucionario en su conjunto despegó principalmente en las áreas donde tales efectos se sintieron con mayor fuerza (lo que no necesariamente significa que los refugiados climáticos organizaran la revolución: pocos o ninguno han hecho tal afirmación).
  3. Sam White, The Climate of Rebellion in the Early Modern Ottoman Empire, Cambridge: Cambridge University Press, 2011. Para una narrativa que abarque todo el globo (cuyo tratamiento de la crisis otomana es, naturalmente, superficial en comparación con el de White), ver Geoffrey Parker, El siglo maldito: Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII, Barcelona: Planeta, 2013.
  4. White, Climate of Rebellion, p. 242. En este incidente concreto, un terremoto había agravado la escasez de agua en la capital.
  5. Karl Marx, El capital: Volumen III, Madrid: Akal, 1994, p. 927.
  6. Matthew McKinnon, Elise Buckle, Kamal Gueye et al., Climate Change and Labour: Impacts of Heat in the Workplace, UNDP, ILO, WTO, UNI, ITYUC y otros, 29 de abril de 2016, disponible en e.g. www.ilo.org.
  7. Para un intento de conceptualizar más allá la articulación del cambio climático a través del desarrollo desigual y combinado, ver Andreas Malm, ‘Tahrir Submerged? Five Theses on Revolution in the Era of Climate Change,’ Capitalism Nature Socialism, 25, 2014, pp. 28

44.

  1. Lars T. Lih, Bread and Authority in Russia, 1914—1921, Berkeley: University of California Press, 1990, pp. 65—7.
  2. Dolinsky citado en Lih, Bread and Authority, p. 111.
  3. V.I. Lenin, Revolution at the Gates: Selected Writings of Lenin from 1917, editado y introducido por Slavoj Žižek, Londres: Verso, 2004, p. 155.
  4. Lenin, Revolution at the Gates, pp. 17, 46.
  5. Cristopher Bren d’Amour, Leonie Wenz, Matthias Kalkul et al., ‘Teleconnected Food Supply Shocks,’ Environmental Research Letters, 11, 2016, 035007. Sobre el papel de los alimentos en la revolución egipcia, ver Malm, ‘Tahrir Submerged?’ y las referencias en el mismo.
  6. Empleada anónima citada en Lih, Bread and Authority, p. 32.
  7. Lih, Bread and Authority, p. 266.
  8. Ver e.g. Ben Hubbard y David D. Kirkpatrick, ‘Sudden Improvements in Egypt Suggest a Campaign to Undermine Morsi,’ New York Times, 10 de julio de 2013.
  9. David Shearman y Joseph Wayne Smith, The Climate Change Challenge and the Failure of Democracy, Westport: Praeger, 2007, p. 133.
  10. Shearman et al., The Climate Change Challenge, p. 130.
  11. Citas de Shearman et al., The Climate Change Challenge, pp. 13, 141, 134.
  12. Citas de Shearman et al., The Climate Change Challenge, p. 111.
  13. Sobre los Celalis y otros rebeldes en Raqqa, ver White, Climate of Rebellion, e.g. pp. 179, 234, 237, 244; sobre el fundamentalismo ver p. 215.
  14. Lih, Bread and Authority, pp. 37, 75, 98, 169.
  15. Lenin, Revolution at the Gates, p. 157. Énfasis en el original.
  16. Lenin, Revolution at the Gates, p. 159. Énfasis en el original.
  17. Christian Parenti, Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence, Nueva York: Nation Books, 2011, p. 8.
  18. Parenti, Tropic of Chaos, p. 11; cf. e.g. pp. 20, 183, 209, 214—15.
  19. Alex Alvarez, ‘Borderlands, Climate Change, and the Genocidal Impulse,’ Genocide Studies International, 10, 2016, p. 30. Cf. e.g. Rafael Reuveny, ‘Climate Change-Induced Migration and Violent Conflict,’ Political Geography, 26, 2007, pp. 656—73.
  20. Damian Carrington y Michael Slezak, ‘February Breaks Global Temperature by “Shocking” Amount,’ The Guardian, 14 de marzo de 2016.
  21. Para nuestra posición en esta cuestión ver: Joeri Rogelj, Gunnar Luderer, Robert C.

Pietzcker et al., ‘Energy System Transformations for Limiting End-of-Century Warming to Below 1.5°C,’ Nature Climate Change, 5, 2015, pp. 519—27.

  1. Ivy Tan, Trude Storelvmo y Mark D. Zelinka, ‘Observational Constraints on MixedPhase Clouds Imply Higher Climate Sensitivity,’ Science, 352, 2016, pp. 224—7. Para una adicional y prototípica identificación reciente de la infravaloración de los efectos, ver Robert M. DeConto y David Pollard, ‘Contribution of Antarctica to Past and Future Sea-Level Rise,’ Nature, 531, 2016, pp. 591—7.
  2. Katarzyna B. Tokarska, Nathan P. Gillett, Andrew J. Weaver et al., ‘The Climate Response to Five Trillion Tonnes of Carbon,’ Nature Climate Change, 2016, online mayo 23.
  3. Glick, ‘Water, Drought,’ p. 334.
  4. Andreas Malm y Shora Esmailian, ‘Ways In and Out of Vulnerability to Climate Change: Abandoning the Mubarak Project in the Northern Nile Delta, Egypt,’ Antipode, 45, 2013, pp. 474—92.
  5. Andreas Malm y Shora Esmailian, ‘Doubly Dispossessed by Accumulation:

Egyptian Fishing Communities between Enclosed Lakes and a Rising Sea,’ Review of African Political Economy, 39, 2012, pp. 408—26; Andreas Malm, ‘Sea Wall Politics: Uneven and Combined Protection of the Nile Delta Coastline in the Face of Sea Level Rise,’ Critical Sociology, 39, 2013, pp. 803—32.

  1. Benjamin K. Sovacool, Björn-Ola Linnér y Michael E. Goodsite, ‘The Political Economy of Climate Adaptation,’ Nature Climate Change, 5, 2015, pp. 616—18.
  2. Lenin, Revolution at the Gates, p. 40.
  3. Lenin, Revolution at the Gates, 69, 163.
  4. Lenin, Revolution at the Gates, pp. 88-9.
  5. Lenin, Revolution at the Gates, p. 97.
  6. Lenin, Revolution at the Gates, p. 70.
  7. Esta enumeración está inspirada en un correo electrónico enviado el 17 de abril de 2016 por Michael Northcott, profesor de Teología y Ética de la Universidad de Edimburgo.
  8. Lucas Chancel y Thomas Piketty, Carbon and Inequality: From Kyoto to Paris, Escuela de Economía de París, 3 de noviembre de 2015; Oxfam, ‘Extreme Carbon Inequality,’ Oxfam Media Briefing, 2 de diciembre de 2015.
  9. Para más información sobre la categoría de capital fósil, ver Andreas Malm, Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming, Londres: Verso, 2016.
  10. Ami Sedghi, ‘Climate Change Seen as Greatest Threat by Global Population,’ The Guardian, 17 de julio de 2015; Laetitia van Eeckhout, ‘Winds of Climate Change Blast Farmers’ Hopes of Sustaining A Livelihood in Burkina Faso,’ The Guardian, 7 de julio de 2015.
  11. Naomi Klein, Esto lo cambia todo, Barcelona: Paidos Iberica, 2015.
  12. Ver particularmente el trabajo de Lars Henriksson: en bilpolitik.wordpress.com; ‘Cars,

Crisis, Climate Change and Class Struggle,’ Nora Rathzel y David Uzzel, eds., Trade Unions in the Green Economy: Working for the Environment, Abingdon: Routledge, 2013, 78 —86; ‘Can Autoworkers Save the Climate?,’ Jacobin, 2 de octubre de 2015.

  1. Klein, Esto lo cambia todo, p. 153.
  2. Ver breakfree2016.org.
  3. Marit Sundberg, ‘Miljöaktivister har stoppat Vattenfalls elproduktion,’ SVT Nyheter, 15 Maj 2016. Para un informe más completo sobre la acción, ver Andreas Malm, ‘The End of the Road,’ Salvage, salvage.zone, 16 de mayo de 2016.
  4. TT, ‘Fridolin tar avstånd från kolprotest,’ Sydsvenska Dagbladet, 16 de mayo de 2016.
  5. Lenin, Revolution at the Gates, p. 106.
  6. Daniel Bensaïd, Una lenta impaciencia, Barcelona: Sylone, 2018.

Notas

1 #/Texto publicado originalmente en inglés en la revista Climate & Capitalism, el 17 de marzo de 2018

2 #/Cursivas en el original, y de ahora en adelante. [Nota del t.]

3 #/Al publicarse este artículo por primera vez en 2016, el autor no tenía forma de prever la ola de tiroteos perpetrados por hombres obsesionados con el “control poblacional”, en especial el de las minorías. Probablemente el lobo solitario que mató a varias personas en una mezquita en Christchurch, Nueva Zelanda, el 15 de marzo de 2019, y que lo retransmitió en directo por Facebook, sea el más conocido. [Nota del t.]

4 #/Después de nosotros/as, el diluvio. [Nota del t.]

5 #/Antiguo director ejecutivo de ExxonMobil y después Secretario de Estado de Donald Trump hasta marzo de 2018. [Nota del t.]

6 #/Tu fábula habla de ti. Horacio, Sátiras.

7 #/El oleoducto de Keystone XL era un proyecto de, como su propio nombre indica, construir un oleoducto que transportara varias formas de petróleo desde Canadá hasta los Estados Unidos. Se volvió una icónica lucha de pueblos nativos y organizaciones ecologistas que, bajo la presidencia de Obama, se convirtió en una victoria del activismo a costa de los intereses de las grandes empresas energéticas. La victoria de Donald Trump en 2016, sin embargo, reabrió el proyecto tras su cancelación.

De la misma manera, la nueva Administración estadounidense mantiene una política de desregulación que puede devolver a Shell al Ártico, especialmente con el rápido deshielo en la zona, que facilita la extracción. En cualquier caso, la Rusia de Putin ha mostrado públicamente su satisfacción con las posibilidades energética y geográficas que el cambio climático les depara para sus intereses geoestratégicos.

En cuanto a la paralización de minas de carbón “desde Oregón [EEUU] hasta Odisha [India]” sí que se mantiene en líneas generales, incluyendo en España, debido al poco beneficio que se puede obtener de estas minas, mayormente agotadas. Si se volverá a intentar un renacer del carbón, como hiciera Trump retóricamente en campaña aunque nunca lo llevó a los hechos, queda por verse. Solo el movimiento por la desinversión fósil ha avanzado incuestionablemente en los últimos años. [Nota del t.]

 

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