Las presidentas y el coronavirus

La primera ministra finlandesa, Sanna Marin, y la canciller alemana, Angela Merker, el pasado febrero en Berlín. REUTERS / MICHELE TANTUSSI

‘La mirada’ de Laura Casielles: “Parece que hay que seguir explicando que, si una mujer lleva a cabo prácticas políticas diferentes y más transformadoras, tiene que ver con una mirada feminista, no con una naturaleza femenina”.

Hace unos días empezamos a escuchar hablar de que los países con mejor respuesta al coronavirus están presididos por mujeres. Fue a raíz de un artículo que publicó en la revista Forbes la escritora Avivah Wittenberg-Cox, que lo planteaba como una cosa de causa y efecto: “compare a estas lideresas con los hombres que han usado la crisis para acelerar una terrible apuesta de autoritarismo”.

Efectivamente, los datos dicen que, entre los países con cifras relativas de fallecimientos más bajas, o con un control más rápido y eficaz de los contagios, hay siete presididos por mujeres: Alemania, Islandia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Taiwan y Nueva Zelanda. Angela Merkel, Katrín Jakobsdottir, Erna Solberg, Mette Frederiksen, Sanna Marin, Tsai Ing-wen, Jacinda Ardern. Al primer artículo siguieron otros muchos, que alababan sus medidas y se preguntaban: ¿qué están haciendo de distinto? ¿Qué tiene de especial lo que aporta una mujer en el gobierno, en una situación así?

Las respuestas a esa pregunta son resbaladizas y, a veces, inquietantes. Muchas de las piezas destacaban cosas como que tal presidenta “se acordó de los niños”; o que tal otra se rebajó el sueldo “en solidaridad con la ciudadanía”. “La empatía y cuidado con la que se han comunicado estas lideresas parece venir de un universo alternativo a lo que estamos acostumbrados”, concluía Wittenberg-Cox. “Es como si sus brazos salieran de sus vídeos para acogernos en un cálido y amoroso abrazo”. El esencialismo que atribuye a las mujeres todas las cualidades de lo afectivo, lo familiar y lo relativo al cuidado siempre está al acecho. Aunque el éxito de la gestión de estas gobernantes haya tenido que ver que ver con que fuesen rápidas, contundentes o tuvieran cientos de miles de mascarillas guardadas en almacenes secretos que datan de la Guerra Fría.

Parece que hay que seguir explicando que, si una mujer lleva a cabo prácticas políticas diferentes y más transformadoras, tiene que ver con una mirada feminista, no con una naturaleza femenina. No seré yo quien tire piedras contra el tejado de las pocas mujeres que han llegado, aun a estas alturas del siglo, a ser presidentas de sus países: solo un 7% del total mundial. Pero creo que la relación de los factores no es la de causa y efecto. Pero tampoco creo que sea una casualidad. Lo que creo es quizá las dos cosas son un efecto de lo mismo. Que algunas sociedades han desarrollado una serie de condiciones que son las que hacen más fácil tanto que una mujer llegue al poder, como que se responda bien a una crisis.

Serían condiciones como un Estado de bienestar capaz de garantizar las necesidades básicas de la supervivencia, muchas de las cuales pasan por cuidados que, sin un apoyo de lo público, suelen recaer sobre las mujeres. Como un sentido de lo común que impregne la educación, la cultura y la información, generando prácticas en las enraizadas en la comprensión de que lo colectivo es algo que debe salvaguardar cada persona. Como unas políticas de igualdad y de conciliación que hagan que el balance entre trabajo y vida personal no esté forzosamente descompensado. Como un sistema político con suficiente transparencia y castigo a la corrupción como para, por un lado, mantener las arcas públicas libres de saqueo, y, por otro, construir unas condiciones de participación y acceso al ámbito de lo político más igualitarias (y no solo en términos de género).

Cuando se analiza la excepcionalidad de estas presidentas, se suele hablar también de su forma de comunicarse. Se dice, por ejemplo, que en una crisis de confianza es conveniente que los líderes apacigüen, y que eso se les da (se nos da) mejor a las mujeres. Que las presidentas tienen un lenguaje menos belicoso, más empático, más sincero.

Pero ¿y si fuera al revés? ¿Si fuera que las culturas políticas que han desarrollado lenguajes menos belicosos, más empáticos, más sinceros, son un campo más fértil para la llegada al poder de personas que no pertenecen a las élites (de género, clase o raza) previstas? ¿Si fuera que quizá un modo de entender el poder y el espacio público que no castigue la autocrítica, la asertividad o la emoción podría tener como efecto tanto que alcanzasen el Gobierno más mujeres, como que fuera más fácil generar confianza en una crisis?

(Por cierto, que hablando de formas de comunicación más y menos femeninas, en los repasos no sale Silveria Jacobs, primera ministra de San Martín, en el Caribe, que cautivó a las redes sociales por su manera de regañar preventivamente a su país. “Simplemente, no te muevas. Si no tienes en casa el pan que te gusta, come galletas”. El mandato de ser dulce para seguir siendo una “buena mujer” cuando se tiene poder es solo la misma trampa).

Las feministas siempre estamos explicando que nuestra lucha no es sectorial. Que no se trata de “conseguir cosas para las mujeres”, sino de construir una sociedad en la que ser mujer no impida conseguir cosas. Y que es, por lo demás, una sociedad mejor para todo el mundo, porque procura no impedírselo a nadie.

Para que una mujer llegue al poder hacen falta un montón de condiciones. Empiezan por las materiales, que siempre se agravan por género. Siguen con las relacionales: no estar atrapada por la subalternidad o la dependencia. Continúan con las cuestiones de derechos y libertades, muy especialmente afectivos y reproductivos. Son necesarias también condiciones de acceso a la política participativas y democráticas, que potencien las oportunidades para quienes menos a mano las tienen. Y una opinión pública entrenada para no machacar a quien alcance posiciones de relevancia viniendo de un lugar distinto a los destinados para ello.

Este tipo de condiciones tienen que ver con unas políticas determinadas. Políticas que atañen a la vivienda, al modelo productivo, al urbanismo, al antirracismo, a la organización institucional. Por eso, todas esas son, o pueden ser, cuestiones feministas.

Cuando, en 2018, se planteó la huelga feminista como estrategia de la lucha de las mujeres, la premisa era que quizá parar las actividades que sostienen la vida las podría sacar por un rato de su cotidiana invisibilidad. Funcionó. Se vio que los trabajos reproductivos que hacen posibles todos los demás no podían pararse, que alguien tenía que hacerlos. Se vio que no se paraban ni la enfermedad, ni la vejez, ni la infancia, y que alguien tenía que ocuparse de los cuidados que implican. Se vio que lo que más valor tenía era a menudo lo peor pagado.

Hoy que el mundo entero ha tenido que pararse, son esas mismas labores las que quedan subrayadas como esenciales. Porque son, de nuevo, las que no se pueden detener si queremos seguir con vida. Hoy como entonces, se ve también que hay algunas personas que nunca pueden parar, ni siquiera para protegerse a sí mismas: las trabajadoras domésticas, las precarias, las inmigrantes, las de los trabajos en be.

Tres años después de la primera huelga, este 8-M el movimiento feminista decía: “ya hemos demostrado que podemos parar el mundo, ahora vamos a mostrar cómo queremos moverlo”.

El mundo ya nos lo ha mostrado: a veces, obliga a parar. Ahora que nos va a tocar pensar cómo volver a moverlo, muchas de las condiciones de garantía de lo esencial que parece al fin que es de sentido común dejar apuntaladas son las que lleva señalando mucho tiempo el feminismo.

No para que las mujeres lleguen al poder (que también, como efecto colateral está estupendo). Sino para que todas y todos podamos seguir viviendo.

  • Laura Casielles

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