Ejército y Coronavirus. La mala reputación

Hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra todos los días son lunes. Y no. Resulta que es viernes, ya lo ven: y que la propaganda llega hasta donde empieza la realidad. Y viceversa. La militarización de la gestión de la crisis –al fin de cuentas, más marketiniana que real; más política que técnica; más estética que operativa– ya es una de las singularidades específicas, hispánicas y diferenciales de los días que vivimos y quién sabe si de los múltiples impactos que aún nos tocará afrontar. Nada será igual ni volveremos al mismo lugar. Es así. Febrero de 2020 queda ya muy lejos. Y toca evidenciar algunas verdades nómadas que la propaganda no soporta y la realidad reclama. Preguntas incómodas que la realidad recapitula y la propaganda ahoga. Evidencia desnuda number one: ninguna política de defensa, ningún presupuesto militar, ningún ejército, ningún tanque, derrotará a la Covid-19. Y ninguna es ninguna.

Estamos inmersos en una guerra total que nos incumbe a todos”. Pues miren, los efectivos de la UME, que tanta atención acaparan, representan el 2,3% del total de las fuerzas armadas. Procede preguntarse entonces qué hacen o qué se hace con todo lo demás: es decir, 150.000 efectivos adicionales. ¿Si ahora se nos dice que se demuestra la utilidad del ejército –haciendo, paradójicamente, tareas no militares– es porque se demuestra al mismo tiempo su inutilidad de antes? Lo mismo ocurre con el dinero, que nunca cuadra. La UME –150 millones de presupuestos– supone el 0,7% del elevado presupuesto de defensa. Pero entonces, ¿qué se hace cada año con los 19.776 millones de euros restantes? Preguntas al vuelo. Y más cosas que hacen de brutal espejo. Bombo, cornetín y platillo, treinta efectivos de la UME se desplazaron el pasado 19 de marzo al aeropuerto del Prat para desinfectar con lejía las instalaciones. Vale. Fueron y se fueron: las que se quedaron son las 400 mujeres de la limpieza que lo hacen cada día y cada noche. Sin flashes ni prime times ni equipamientos de primera.

En esta guerra irregular y rara, todos somos soldados. Hay muchos más pliegues y recovecos, claro –mil preguntas antimilitaristas para cada historia, que diría Brecht. La estadística, en esta ocasión, no camufla mucho. El año pasado la UME, nacida de un capricho para intentar la enésima relegitimación social del rol de los ejércitos, participó exactamente en 60 operaciones –34 en incendios y otros en inundaciones o nevadas. Bueno. Sólo los Bomberos de Barcelona hicieron 21.000 salidas. 350 veces más con seis veces menos plantilla. Una ratio por bombero de 2.000 a 1. Por eso los bomberos periféricos, y el mundo de la cooperación también, han cuestionado de raíz esta misma semana la tentación permanente de militarizar las emergencias. Anuncio real demagógico incluido: El Rey es el primer soldado de España –y su padre, comisionista saudí, eso no lo dijeron. Pero si lo fuera, escrito contra demagógicamente, es de presuponer que estaría montando tiendas o desinfectando calles. No es el caso.

Nada nos detendrá hasta vencer en esta guerra”. Hasta el nombre de bautizo de Operación Balmis remite a equívocos. En aquel caso, 1803 cuando se globalizaba la difusión de la vacuna de la viruela inventada por el médico británico Edward Jenner. Por eso se llamaba Real Misión Filantrópica. Y por eso no llevaban cañones –y sí y también: fue una hazaña sanitaria global, no exenta de sufrimientos, trasfondo y detalles no menores. Pero que se sepa, la Balmis II no dispone de ninguna vacuna global. Todo ello, vale la pena rememorarlo en un país de arraigada sensibilidad antimilitarista: de la Revuelta de las Quintas a la Semana Trágica, del No a la OTAN que ganó en Cataluya, al Diari de la Pau de 1990 impulsado contra la guerra del Golfo –y de los golfos; de la insumisión a la mili a las manifestaciones masivas contra la trágica invasión imperial de Irak. “Estén ustedes seguros de que hay armas de destrucción masiva”, sostuvo Aznar. Había una, vieja y salvaje: la mentira hecha propaganda. Y la destrucción de de Faluya con fósforo blanco en nombre de Occidente –puro terrorismo– todavía la pagamos hoy.

Sin novedad en el frente”. Hemeroteca desobediente, resulta también que a las anteriores operaciones de relegitimación del ejército siempre les ha salido el tiro por la culata. Felipe González tuvo la bárbara idea de reclutar soldados de reemplazo para la primera guerra de Irak. Consecuencia directa: las demandas de objeción de conciencia se duplicaron en un santiamén. Incluso en las misiones de mantenimiento de la paz se nos ocultó la realidad: el estrepitoso fracaso de la misión española en Mostar, casi tan categórico como el de la misión holandesa en Srebrenica, o aquella imagen de los cascos azules meándose –¿se acuerdan?– sobre el cadáver de un refugiado somalí en 1993. Pero después de todo y antes de nada, tal vez la reflexión más crucial que nos podemos hacer, y que quizás nos hacemos poco, es la que nos aclara que, desde 1978, el ejército nos ha costado aproximadamente 550.000 millones de euros. De acuerdo. ¿Qué ha aportado toda esta morterada desembolsada a la lucha contra la pandemia? ¿De qué ha servido exactamente en este combate? ¿Cuántas guerras hemos ganado por tan alto precio? Me ahorro de exponer algunos proyectos ruinosos –sólo hace faltar escuchar al bueno de Arcadi Oliveres cuando habla del derroche gastado en la chapuza del Eurofighter–, de revisitar algunas reconquistas berlanguianas –Perejil– y de repasar otros cuántos desastres. Al alba y con fuerte viento de Levante”.

Cuando venzamos esta guerra, necesitaremos todas las fuerzas para vencer la posguerra. Pero, ¿si hay que recurrir al ejército, como tan bien apunta Jordi Armadans de la Fundació per la Pau, no será muestra más, una más aún, de la debilidad de los servicios públicos en materia de protección civil y salud pública? En todo caso, al tuétano: poner a los militares en primera fila no ha sido ninguna irrupción castrense impuesta, sino una decisión política deliberada. Voluntad de comprender sin perder la capacidad de indignarse, consulté a quien podía saber cómo surgió todo: dicen que fue decisión directa del PSOE al margen de Unidas Podemos para evitar la clásica instrumentalización del ejército por la extrema derecha, en los compases de unas cuantas astracanadas ultras – Gobierno sepulturero– que abundan por el Madrid más iliberal. Si fuera así, merecería artículo aparte con una boutade de arranque: si para que no lo haga la extrema derecha, ya lo hacemos nosotros… Sabia decisión.

Una vez más, hay que romper filas y desertar de los marcos bélicos. No, esto no es una guerra. Es una pandemia. Barrio a barrio, se necesitan comunidades solidarias y servicios públicos, no ejércitos disciplinarios y estados penales. Lejos de uniformes caquis, sacrificios guerreros, corajes patriarcales y combates militares, lo que hace mínimamente llevadera esta crisis son batas blancas desarmadas, personas comprometidas, redes solidarias y comunidades de apoyo. Lo que sí es una guerra, corolario final, es lo que hay en el Yemen, mientras España vende armas a Arabia Saudí, tan amiga de la monarquía española, en nombre de un cínico interés económico nacional. Conclusión: dado que por ahora no podemos desarmar el ejército, desarmamos siquiera el discurso bélico y ganemos un poco de paz etimológica, discursiva y ética, que buena falta nos hará. Contra la guerra, entonces, su antónimo por antonomasia: la vida.

David Fernández es periodista

[Posdata grata necesaria. Tiempo de objeción fiscal al gasto militar, ahora que viene la campaña de la renta. Ni en nuestro nombre ni con nuestro dinero. Food not bombs.]

[Posdata ingrata (im) prescindible. Escuchar-hablar-hacer, dice el lema de un banco. Mientras el lema oficial remacha Esto lo paramos unidos, CaixaBank abre oficina para superricos en el paraíso fiscal de Luxemburgo. Esto lo superamos eludiendo, sugiere la realidad. Quizás sí que, haciendo el cangrejo, ya estamos volviendo atrás. O ya lo estábamos]

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