Mi relación con ETA

Gerardo Tecé | La Marea | 03/07/2014

Nací en el 82, con naranjito. En mi casa siempre se veía el telediario a la hora de comer y de cenar. Así que durante los ochenta y noventa me crié viendo por la tele atentados, tiros por la espalda, escuchando noticias de coches bomba e imágenes de gente tapada con una sábana en el portal de su casa. Ésa era la banda sonora habitual con el plato de comida por delante un día sí y otro también, como en la mayoría de las casas.

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Y, como la gran mayoría, detesto la violencia. Matar, por lo general, es una horterada, una indecencia, una burrada que sólo la gente muy maleducada se atreve a hacer. La violencia siempre me ha parecido una cosa rancia, casposa, típica de quien no siente empatía, de quien carece de un mínimo de sensibilidad.

Recuerdo aquella vez que un paquete bomba estalló en la cárcel de Sevilla matando, entre otros, a dos presos. Yo era pequeño. Creo que fue, quizá por cercanía, por haber pasado en mi ciudad, la primera vez que tomé conciencia de que lo que el telediario contaba al mediodía y a la hora de la cena, era real. Eran cosas que pasaban. Había gente que moría de esa manera.

Además del telediario, en mi casa siempre se escuchaba la radio. Sobre todo por las tardes. Recuerdo que mientras hacía los deberes, algunos días, un tío que se llamaba Ernest Lluch debatía de política con otros en La Ventana de Gemma Nierga. Yo no le prestaba demasiada atención, pero los oía de fondo. Un día Nierga empezó el programa llorando, contando que a Ernest Lluch le habían pegado un par de tiros en el garaje de su casa. Ese día sí me paré a escuchar con atención. Me dio mucha pena. Era un tío majísimo, con una voz como de abuelo, que tengo grabada años después.

Recuerdo también el día en el que cerraron las puertas del instituto para que nadie saliera, porque a pocos metros había un coche con una bomba. Fue un rato desagradable dar clases de Matemáticas con las persianas bajadas para que no saltaran los cristales si el coche explotaba. Al final, el coche, que era el del padre militar de una compañera de instituto, no llegó a explotar.

Recuerdo lo de los presos de la cárcel de Sevilla, lo de Ernest Lluch, lo de Miguel Ángel Blanco, lo de Isaías Carrasco, lo de los dos ecuatorianos que murieron por la bomba de la T4. Recuerdo todas estas cosas con tristeza. Con esa sensación de asco y náusea que provoca la muerte. Creo que soy bastante normal en eso del asco y la náusea que provoca la muerte.

Y claro, creyéndome un tío muy normal en todo eso, me sorprende llevar un par de años sintiendo simpatía, y mucha, además, por personas y colectivos ciudadanos que al parecer, son ETA. Todo lo que me genera cierta ilusión, todas las PAH, los Podemos, los Guanyem, las Mareas de distintos colores, todo lo que considero una posibilidad de cambio a mejor en mitad de este país podrido, resulta ser ETA. Resulta que estoy metido en el comando de lleno. No recuerdo en qué momento pegué un giro tan grande sobre mí mismo. De verdad. Juro que no sé cómo ha pasado.

Fuente: http://www.lamarea.com/2014/07/03/mi-relacion-con-eta/

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